Inicio y fin de un festejo porfirista: la batalla del 2 de abril de 1867

por Alicia Salmerón

Dos célebres hechos de armas enmarcan la historia militar de la intervención francesa, el Imperio de Maximiliano y la resistencia republicana en México:  las batallas del 5 de mayo de 1862, la inicial; la del 2 de abril de 1867, la de cierre. De alguna manera, las batallas libradas en esas fechas, en la ciudad de Puebla ambas, marcan el principio y el fin de la guerra contra la intervención y el Segundo Imperio, una guerra con carga patriótica muy fuerte por la presencia de ejércitos extranjeros en territorio nacional.

La batalla del 5 de mayo, en la que peleó el Ejército de Oriente encabezado por el general Ignacio Zaragoza, retardó por un año la llegada del invasor extranjero a la capital del país. A menos de un año del acontecimiento, el presidente Benito Juárez decretó el 5 de mayo día de fiesta nacional. La valiente resistencia frente al invasor extranjero en esa batalla se celebra todavía hoy en México: sigue siendo fiesta nacional. Su carga simbólica fue siempre muy fuerte: el héroe Zaragoza había muerto poco después de la batalla y, desde su nacimiento, el referente de la celebración había sido la defensa de la soberanía nacional.

Los festejos del 2 de abril no corrieron con la misma suerte, a pesar de que la batalla de ese día de 1867 constituyó una de las últimas acciones de guerra contra el Imperio de Maximiliano. Al frente del Ejército de Oriente estaba entonces el general Porfirio Díaz, quien encabezó el sitio de la ciudad de Puebla y, en una hábil y oportuna acción militar, hizo caer en minutos la plaza dominada por las fuerzas imperialistas.

La conmemoración de esta batalla inició al año siguiente: en 1868. Pero desde un principio tuvo un marcado carácter personalista: de exaltación de Díaz. Año con año se recordaba la heroica batalla y, particularmente, a su general. La conmemoración se erigió en una auténtica fiesta de culto al héroe. En contexto de elecciones presidenciales –en particular a partir de 1892, cuando Díaz preparaba su tercera reelección consecutiva–, se escenificaban en ese día desfiles, representaciones de la batalla y visitas al caudillo para ofrecerle la candidatura para la presidencia de la república. La carga simbólica del festejo asociado a la figura de Porfirio Díaz llevó al fin de la celebración en el contexto de la revolución mexicana iniciada en 1910.

Efectivamente, a la caída de Porfirio Díaz, el líder de la revolución triunfante, Francisco I. Madero, se negó a celebrar el 2 de abril. Ya en su libro “La sucesión presidencial de 1910”, Madero decía que, a esa batalla del 2 de abril, “se le ha querido dar una importancia grandísima, al grado de declarar día de fiesta nacional el aniversario de ese hecho de armas. Sólo la adulación, que pocos escrúpulos tiene, puede haber concebido tal idea, pues en nuestras guerras civiles y con el extranjero contamos con hechos más gloriosos y de mayor trascendencia”. Consecuente con ese rechazo, el gobierno maderista no izó la bandera en los edificios públicos el 2 de abril de 1912, como era costumbre hacerlo. 

El “desaire” del presidente Madero al festejo provocó gran enojo entre los diputados federales porfiristas –todavía en funciones en el momento–, quienes decidieron trabajar para que la Cámara “votase una ley en que se declarara que el 2 de abril era una fiesta nacional”. Lo hicieron y, de entrada, Madero vetó la iniciativa. Pero la Cámara confirmó el decreto. Así, en 1912, el Congreso aprobó la elevación de la fiesta del 2 de abril a la categoría de conmemoración nacional. Tras el golpe de Estado de Victoriano Huerta y el asesinato de Madero, el gobierno general volvió a organizar grandes celebraciones por el 2 de abril. Pero Huerta cayó pronto: en junio de 1914 y la fiesta del 2 de abril se perdió para siempre.

Hoy nadie quiere recordar la batalla del 2 de abril, no porque esta careciera de significado en sí, sino porque, a diferencia de la del 5 de mayo –que más allá de recordar a Zaragoza, celebró desde el principio una acción patriótica y de afirmación nacional–, la fiesta del 2 de abril no representó en su tiempo un homenaje al valor de los soldados republicanos. Más bien, celebraba a un hombre que había permanecido demasiado tiempo al frente del gobierno y la fiesta se utilizaba para justificar un poder personalista.

1 comentario

  1. No conocía esta historia. Me ha interesado mucho el contenido y lo he leído en un santiamén a las 5:47 de la mañana al despertar. Este modelo de textos cortos es muy accesible a cualquier lector con disposición a saber algo más de historia.

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