Para escribir una historia del policultivo-milpa

por Enriqueta Quiroz

Hace más de 10 mil años nuestros pueblos originarios en su condición de cazadores recolectores, fueron muy hábiles al trasladar semillas y especies de un lado a otro del territorio con el fin de proveerse de alimentos. Esta práctica dio origen a la domesticación de plantas, es decir, a la agricultura. Los incipientes cultivos fueron de semillas de guaje y de curcubitáseas, muy posteriormente surgió el maíz, a raíz de la domesticación del teocintle o teosinte (Zea mays ssp. Parviglumis), una gramínea que requería el acompañamiento de otras especies para su crecimiento, por lo tanto, de manera espontánea se le unieron frijoles y calabazas. Estos fueron los inicios de la milpa, hasta constituirse en un sistema agrícola intensivo de pequeños terrenos con una mayor variedad de cultivos. Bajo ese sistema, los pueblos de Mesoamérica lograron una mayor disponibilidad de alimentos y crearon diversos asentamientos dentro del territorio.

No obstante, hay que reconocer que los conocimientos agrícolas de civilizaciones como la maya, la olmeca, la nahuatl, (por mencionar algunas)- del antiguo mundo mesoamericano-, en gran medida se perdieron con su desaparición natural, bajo esquemas de dispersión y principalmente por la caída demográfica del siglo XVI. Sin embargo, la milpa guardó en sí misma un conocimiento ancestral sobre la siembra complementaria de especies, que podríamos mal llamar huerto, porque a diferencia de aquel, la milpa además de incluir hortalizas, hierbas curativas y flores, incorporaba granos, como el amaranto, la chía y el mencionado maíz; incluso hierbas no sembradas, pero sí toleradas, como los quelites; también frutos subterráneos, como los tubérculos, especialmente los camotes.

Los primeros testimonios sobre la forma de sembrar de los indios a la llegada de los españoles, son los relatos escritos por cronistas del siglo XVI. Hay que escudriñar en las crónicas de ese siglo, para detectar la antigüedad y la continuidad de una tradición original de sembrar policultivos. Los cronistas dejaron descrita su sorpresa al observar que los indios podían recoger de sus “sementeras”, maíz, frijoles, chiles, calabazas y diversas “hierbas” comestibles. No se explicaban cómo sus siembras “multiplicaban infinito” en los llamados “camellones” que, para algunos autores corresponderían simplemente a lugares sembrados y para otros, serían especies de terrazas donde plantaban y que habían sido delimitadas por sus propios gobernantes mucho antes de la conquista hispana.

En el siglo XVI, Felipe II mandó explorar exhaustivamente el territorio y describir todas las especies encontradas; en un principio se encomendó realizar esta tarea al protomédico Francisco Hernández que recorrió gran parte de Nueva España. Posteriormente, se ordenó a los alcaldes o párrocos de cada pueblo, cumplimentar unos formularios que se repartieron en todo el virreinato, la información recopilada dio origen a las llamadas “Relaciones Geográficas del siglo XVI”. Estos documentos, son la base para determinar las diferencias regionales y la variedad de policultivos que existían en ese entonces. Es decir, las milpas o sementeras de Tlatelolco, se diferenciaban por ejemplo con las de Puebla o Oaxaca. Unas poseían variedad de cactáceas, otras eran arboladas con aguacates, zapotes, capulines etc., otras poseían diversidad de tomates y chiles, aunque todas incluían maíz.

En definitiva, escribir una historia de los policultivos obliga a tener un enfoque diacrónico o de larga duración, que va desde reconocer el origen ancestral de este sistema hasta decir que tuvo un primer final, con la llamada revolución verde. Desde mediados del siglo XX, fuimos perdiendo la costumbre de ver siembras diversas en un mismo terreno, asi como parecernos inconcebible que las siembras no sean asistidas con agroquímicos. Esa concepción implica un total desarraigo de la naturaleza, especialmente porque dejamos de observarla y comprenderla como un todo integrado de convivencia entre especies.

Esta es la motivación, para escribir sobre la historia de un sistema de agricultura que hoy en día se le conoce como policultivo. La ciencia está redescubriendo una forma de sembrar que replica -de algún modo- la naturaleza, después de ver el daño generado en el paisaje por los monocultivos. Nada más alejado de los orígenes de la biodiversidad mexicana es talar un bosque para luego plantar hectáreas y hectáreas de aguacates, que nada tienen que ver con el sentido de replicar el paisaje original, como lo hacían nuestros ancestros, donde las especies podían crecer bajo una relación de complementariedad.

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