y la dimensión religiosa de la guerra entre México y Estados Unidos
por Pedro Espinoza Meléndez
Es un lugar común para la historiografía contemplar la dimensión religiosa de conflictos como la Independencia, la Reforma Liberal y la Revolución mexicana, por no mencionar a la Cristiada. Más allá de la anécdota del batallón de San Patricio, donde un grupo de irlandeses desertó del bando estadounidense y se alineó con las fuerzas mexicanas, la dimensión religiosa de la guerra entre México y Estados Unidos es menos conocida pero no menos importante. Los trabajos de Martha Eugenia García Ugarte, John C. Pinheiro y Peter Guardino apuntan elementos que permiten complejizar este fenómeno.
Por un lado, había una larga tradición antiprotestante en México que causó algunas tensiones en las décadas previas a la guerra debido a la presencia de actores protestantes, principalmente británicos y estadounidenses. Por otro lado, para muchos mexicanos, su primer contacto con el protestantismo tuvo lugar durante la guerra, entre 1846 a 1848. Finalmente, en los voluntarios norteamericanos había un marcado anticatolicismo, resultado de la tradición anticatólica del protestantismo atlántico y del Segundo Gran Despertar, un movimiento estadounidense considerado por autores como Pinherio el origen del evangelicalismo moderno. Entre otras cosas, esto propició que algunas iglesias contemplaran a México como una tierra de misión, pues consideraban al catolicismo una religión idólatra, incompatible con los valores republicanos y democráticos de la nación estadounidense.
Cabe decir que el gobierno mexicano no logró movilizar a las autoridades y los recursos eclesiásticos a su favor tanto como esperaba, y que el gobierno de los Estados Unidos intentó evitar que la guerra fuera vista por su población como una guerra religiosa, debido a las tensiones con los inmigrantes irlandeses. Aun así, esta guerra estuvo cargada de tintes religiosos. Muchos soldados estadounidenses confirmaron sus prejuicios anticatólicos y dejaron testimonio de ello en sus diarios, y algunos cometieron actos iconoclastas. Asimismo, la guerra de guerrillas llegó a tener liderazgos religiosos. Uno de los más conocidos es el de Celedonio Domeco de Jarauta, un sacerdote español veterano de las guerras carlistas, quien lideró las guerrillas mexicanas de las regiones centrales. Fue ejecutado por el propio gobierno de México en 1848, ya que desconoció los tratados de Guadalupe-Hidalgo y se pronunció contra la presidencia de la república.
Esta dimensión se hizo presente incluso en territorios donde la iglesia católica era una institución débil, como es el caso de Baja California. Allí, aunque las instituciones misionales llevaban décadas en crisis, la resistencia se organizó en la “Guerrilla Guadalupana”, y fue encabezada, entre otros, por dos religiosos, el dominico Gabriel González, presidente de las misiones, y el mercedario Vicente Sotomayor. Ambos llamaron la atención de los observadores estadounidenses, el primero por sus habilidades como jugador de cartas y por tener numerosos hijos, y el segundo, porque su fanatismo desconcertaba a sus propios feligreses. Hubo un tercer religioso que participó en el conflicto, aunque de forma particular. El dominico Ignacio Ramírez y Arellano se contó entre un grupo de habitantes de la península que, tras haber pactado con las fuerzas invasoras, tuvo que refugiarse en Alta California para evitar represalias de las autoridades mexicanas en 1848. Años después, algunas fuentes lo ubican como miembro de los padres constitucionalistas, un grupo de sacerdotes liberales que rompió con la jerarquía católica durante la Reforma, y como integrante de la iglesia anglicana hacia la década de 1870. De este modo, aún las historias locales de regiones periféricas permiten visualizar la dimensión religiosa de esta guerra y evidencian sus conexiones con los orígenes del protestantismo mexicano.
