Sobre Espinosa Aguirre, Que se organicen los pueblos. Reseña

por Rafael Estrada Michel

Espinosa Aguirre, Joaquín Eduardo, Que se organicen los pueblos. Agustín de Iturbide y la contrainsurgencia en la Comandancia de Guanajuato (1813-1816), Biblioteca INEHRM /Secretaría de Cultura / Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato / Ediciones La Rana / UMSNH, México / Guanajuato / Morelia, 2023.

Joaquín Espinosa es el futuro gran autor de la biografía que merece aquel a quien don Luis González llamó el tercero de los personajes centrales de la guerra de Independencia, Agustín de Iturbide. Siguiendo los pasos de Robertson y de Arenal, Espinosa publica un primer libro que es destierro de sombras: las sombras que dejaron en la trayectoria de Iturbide el cura Labarrieta y el sudamericano Rocafuerte.

         En efecto, de la importante etapa de Iturbide como comandante contrainsurgente (justo hace doscientos diez años asumió el cargo de Comandante del Ejército del Norte) casi todo lo que sabemos es lo que denunció Antonio Labarrieta y lo que difundieron los malquerientes del criollo vallisoletano, marcadamente Rocafuerte en su más que ligerísimo Bosquejo, que sigue las huellas de las denuncias guanajuatenses (no exentas de cierto conflicto de interés) y de lo que el padre Servando Mier había escrito en su londinense Historia de la Revolución de Nueva España, antiguamente Anáhuac, hoy también bicentenaria.

Con todo, más allá del deleitable adelanto biográfico, Que se organicen los pueblos es sobre todo el retrato de una época fundacional y de un sitial, el Bajío, que claramente se está comportando, orteguianamente, como fuerza central creadora de la nación mexicana. La Historia militar que escribe Espinosa habla bien a las claras de la Historia del Derecho correspondiente al primer México, el México en trance de emancipación. Y en ello el personaje central no es Iturbide (no lo será hasta Iguala), sino Félix María Calleja y del Rey, nombrado virrey (metaconstitucional, porque la Constitución de 1812 abolió el cargo) por unas Cortes, las de Cádiz, a las que les urgía recoger buenas noticias allende el Atlántico. En su reforma militar de 1813 (y en su conflicto, espléndidamente explicado, con José de la Cruz, comandante de la Nueva Galicia) encontramos claves imprescindibles para entender no sólo el ascenso de Iturbide, sino el camino alterno hacia la emancipación y el mantenimiento de la cohesión territorial novohispana. Que Guanajuato, el “granero de la Nueva España”, haya merecido la invención de una jurisdicción, parece gritarnos que la cuestión, como apostrofa nuestro joven y brillante historiador, era “más de política que de armas”.

Lo propio escribía Calleja en carta al ministro de Guerra, tan pronto como asumiera el mando del otrora Virreinato el 15 de marzo de 1813, pues urgía a tomar medidas para unir a “un país dividido en tantos partidos cuantos son las castas y provincias de que traen su origen los diferentes habitantes que lo pueblan; destrozado por treinta meses de una revolución impolítica y desastrosa que ha arruinado las principales fortunas y hecho desaparecer una gran parte de sus gentes; devorado del deseo de la independencia cualquiera que sea el camino de conseguirla; manchado de agresiones recíprocas entre europeos y americanos…” Si nos dijeran que esto lo está escribiendo Agustín de Iturbide en febrero de 1821, lo podríamos creer a pie juntillas. Es, in nuce, el Plan que nos dio vida política y jurídica: la Unión. El rojo de la cucarda Trigarante.

         Pero dejemos al frustrado padre de la Patria con sus problemas de 1816, incluyendo la destitución de Iturbide -cuyas verdaderas causas nos develará muy pronto Joaquín Espinosa: estoy seguro y me relamo por ello los bigotes- y hagámosle caso al detractor Labarrieta, así sea para estos tiempos, los nuestros o, por mejor decir, los que exigen de nosotros renovada unificación: “más si ellos (los mexicanos) se ven obligados a tomar las armas unos contra otros, que ellos se traten como amigos que deben bien pronto reconciliarse: que el vencedor obligue menos al vencido a ceder a la necesidad; que él lo convide a escuchar los consejos de la razón; que él lo corrija como amigo para hacerlo sabio, y no como a enemigo para perderlo”

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