Historia global del fascismo, ¿mundos extraños o afines?

Primera parte

por Octavio Spindola Zago

Un criterio antropológico fundamental para la comprensión de nuestras realidades contemporáneas es que las poblaciones humanas se recrean a partir de las interacciones recíprocas, no en el aislamiento. No podría ser distinto por cuanto lo que nos hace ser personas es el proceso de antropogénesis, desplegado en la hominización, que nos hace seres biológicamente humanos (bipedestación, pulgar oponible y un cerebro de mayor tamaño con relación a las dimensiones del cuerpo); y en la humanización, que nos forma como animales simbólicos (con complejos sistemas lingüísticos, el arte y la experiencia estética, las religiones y la búsqueda de la trascendencia, además de desarrollar estructuras para la división del trabajo y la distribución del poder). La globalización del siglo XXI ha estimulado con mayor potencia estos entrelazamientos.

Los fenómenos y las dinámicas que se verifican al interior de, y entre, los regímenes políticos, las estructuras sociales, los procesos económicos y los universos culturales están atravesadas por vinculaciones. Éstas, aunque puedan estar impregnadas por condiciones de asimetría en las relaciones de poder que las constituyen (desigualdades de categoría, competencia, negación de la alteridad, sujeción del vencido), resultan de múltiples conexiones, intercambios, flujos, traslados, apropiaciones y traducciones. Traducciones, justamente, porque más que leída, la identidad de alter es traducida por ego, porque para al comprender al otro, recurrimos a nuestros propios parámetros y referentes simbólicos: me defino a mí viéndote a ti, y te intento aprehender a partir de mí.

Cuando las ciencias sociales emprenden la tarea de rastrear estos vínculos, pueden dedicar sus esfuerzos a situarse en la perspectiva de ego como matriz explicativa, estableciendo una evidente jerarquía entre uno y lo otro. Se trata del modelo hegeliano de filosofía de la historia, donde Europa ocupa el centro de la historia y el resto del mundo recibe la influencia civilizatoria de ésta, o lo imita. Pero en el siglo XX, una nueva propuesta se abrió paso, avocándose a comparar a alter y a ego en búsqueda de similitudes y diferencias para encontrar equivalencias funcionales y generalizaciones normativas. La nutrida obra de Charles Tilly es elocuente en este sentido, cuando indaga la construcción diferenciada de los Estados nacionales europeos o estudia los movimientos sociales y los repertorios de protesta en diversos escenarios históricos para ver qué coincidencias y qué discrepancias han tenido.

Sin embargo, de acuerdo con Matilde Souto y Alicia Salmerón en su introducción a Hacia una historia global e interconectada (2017), actualmente un nuevo giro copernicano se despliega en las ciencias sociales con la historia global. La atención a las trayectorias se centra ahora en la dinámica relacional, en la permeabilidad mutua entre alter y ego, en la hibridación y las recepciones creativas que se presentan en los intercambios y traducciones. Por ejemplo, no explicamos América aislada o como epígono de Europa, sino en términos de sus mutuas influencias (aunque asimétricas). Las apropiaciones que hacemos de la alteridad nos permiten asomarnos a nuestra forma de ser y estar en el mundo, en función a la relación de extrañeza o afinidad que establecemos respecto al otro.

Así, con el enfoque transnacional no ganamos escala, por cuanto no se trata de un cambio de lo micro a lo macro. Ganamos poder explicativo, porque el centro de la investigación lo ocupa la trama de conexiones, transferencias e intercambios que entrelazan aspectos específicos de nuestras sociedades con el resto del planeta o con algunos de sus rincones. Esto es lo que se propone en el libro Repensar el fascismo en México en el espacio latinoamericano y transatlántico, de próxima aparición con el sello editorial de la Universidad Iberoamericana Puebla, y coordinado por Franco Savarino, Tania Hernández, Ángel Sánchez y quien escribe estas líneas.

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