Juan de Mañozca o la anatomía de la injuria (1610-1650)
por Natalia Silva Prada
Hubo una vez un ilustre inquisidor, arzobispo y visitador cuya fama pasó a la posteridad, según las biografías eclesiásticas, por ser un pacífico, piadoso, benigno y amado canónico. Los estudios académicos recientes destacan su ambición y habilidad para posicionarse en altos cargos burocráticos, pero pocas veces mencionan las peculiaridades de sus interacciones personales y sociales, al extremo de llegar a ser tildadas por un historiador decimonónico de perversas.

La vida de Juan de Mañozca y Zamora tuvo, al contrario, impresionantes claroscuros. Su recorrido profesional, siempre en ascenso, choca de forma desproporcionada con la caracterización dada de él, en los ríos de tinta que corrieron para acusarlo. La relación conflictiva con importantes personajes y gente del común se repitió como un patrón en aquellos lugares en los que actuó como representante del rey.
Mañozca fue nombrado por Felipe III como primer inquisidor del tribunal de Cartagena de Indias. Allí permaneció entre 1610 y 1622. De esos 12 años de estadía en la ciudad portuaria emergen acusaciones muy graves que podrían desestimarse como producto de intrigas y odios de sus enemigos mortales. Pero esta percepción se complica cuando como visitador de la Real Audiencia de Quito las denuncias fueron in crescendo y los pecados y escándalos acusados fueron reportados por numerosos funcionarios del rey entre 1624 y 1627. Su llegada a México como arzobispo agitó enormes tormentas entre 1643 y 1650 que coinciden con las de su paso por el virreinato peruano.
Mañozca nació en Marquina (Vizcaya) hacia 1580. Su formación juvenil tuvo lugar en México y posteriormente en Salamanca, en donde se recibió como licenciado en cánones. Fue miembro del Consejo de Indias, de la Inquisición General, inquisidor en Cartagena y Lima, arzobispo de México, visitador de la Real Audiencia de Quito y del tribunal de la Inquisición de México. De familia de inquisidores, entre los que destacan Pedro de Mañozca, su tío, bajo cuya tutela creció y Juan Sáenz de Mañozca, su primo, hijo de Pedro y con quien fue posible que la persecución contra los judeoconversos americanos fuera eficaz y cobrara numerosas víctimas en Lima, Cartagena y México. Los primos Mañozca llegaron a injuriar en un “sangriento” libelo infamatorio al obispo Juan de Palafox y sus afectos de “herejes, hipócritas, sodomitas, ladrones y otros títulos infames”. Al obispo de Puebla lo llamaron entre muchas otras cosas, “diablillo de corpus”, “vice-Dios, rencilloso, caprichoso, enojadizo, amigo de su opinión y enemigo del género humano”.

El lado sombrío de su carácter es el de un hombre despiadado, autor de pasquines, practicante del sarcasmo y de la burla, inventor de apodos contra sus críticos y muy poco ecuánime. A quien sus enemigos mortales bautizaron “pata de palo” por decirse que robaba tierra a los indios en las visitas y en las carnicerías de los jesuitas en México, se le impugna también haber hecho lo propio con sus victimarios, quienes “adelgazando las plumas” escribieron contra él acusándolo de múltiples fechorías: injurias, amenazas contra judeoconversos, malas compañías, venganzas políticas, protección a contrabandistas, violación y adulteración de cartas, publicación de libelos infamatorios, agresiones físicas, interferencias con la justicia civil, relaciones sexuales con mujeres, pecado nefando, violencia física y de palabra contra religiosos, destierro de enemigos, protección a delincuentes y a un homicida, excesivos gastos en las visitas, espíritu lúdico, ociosidad, múltiples atropellos, disimulo de los horrores y errores de sus compañeros inquisidores. En fin, acusaciones de una vida escandalosa y poco apropiada a un personaje de su altura social y eclesiástica.
Estas quejas llegaron a oídos del rey de la pluma de gobernadores, obispos y arzobispos, sargentos mayores, frailes de varias órdenes religiosas, oficiales de real hacienda, miembros de la real audiencia, nobles, clérigos y hasta miembros del propio Santo Oficio de la Inquisición de diversos rincones de los dos grandes virreinatos entre 1611 y 1648. En 1622 el rey citó a Mañozca para dar cuenta de los escándalos que causó en Cartagena y en 1627 suspendió su visita en Quito destituyéndolo como visitador. En 1657 el visitador general de la Inquisición Pedro de Medina Rico criticó duramente su desempeño.
Un irlandés fugado de la cárcel inquisitorial mexicana, a la medianoche del 12 de diciembre de 1650, usó como excusa de su escape, la muerte de Mañozca y Zamora ocurrida unas horas atrás. William Lamport o Guillén Lombardo acudió al milagro para afirmar que el arzobispo se le apareció envuelto en llamaradas y que había desgajado los barrotes carcelarios para que él pudiera escapar, mandándole “que pregonara al mundo este voraz delito suyo”. Horas después, pegó en las esquinas de la ciudad de México unos pasquines que acusaban los innumerables crímenes de los miembros que componían el tribunal mexicano y también, de su arzobispo.
