¿A qué nos referimos cuando hablamos de cultura y prácticas políticas?

por Alicia Salmerón

Las décadas de 1960 y 1970, pero sobre todo las de 1980 y 1990 marcaron un cambio historiográfico en Europa, Estados Unidos y América Latina en favor de lo que dio en llamarse una nueva historia política. La orientación propuesta buscó poner distancia de una historia atenida al estudio del hecho político, sin consideración de la realidad social y cultural, clave para entender actitudes, conductas y acciones políticas. Con miras a una mejor comprensión del mundo político, esta propuesta historiográfica dio un lugar muy importante al examen de creencias, valores y actitudes, además de atender a proyectos, ideas e ideologías; invitó a interesarse por saberes comunes, prácticas y convenciones sociales, más allá del análisis de las normas jurídicas.

En busca de un conocimiento más profundo de la realidad política, este nuevo impulso a la historia política partió de la identificación de una poderosa relación entre cultura y poder. En este camino, revitalizó enfoques teórico-metodológicos y se armó de conceptos analíticos centrales, como el de culturas políticas, un concepto que remite a conjuntos de códigos de comportamiento individual y colectivo que orientan las acciones de quienes integran una comunidad de cara a las relaciones de poder, que las orientan en sus relaciones entre sí y con la autoridad.

La actividad de quienes intervienen en política depende en mucho de la cultura, entendida en un sentido amplio, de su tiempo y su lugar. Es decir, de las circunstancias en que se mueven, la manera en que perciben el ambiente social y político, las conductas de las otras y los otros, los valores imperantes, las tradiciones, los significados que las comunidades otorgan a diferentes actitudes de quienes actúan en política. Así, más allá de las acciones mismas de personas y comunidades, el estudio de las culturas políticas se interesa por aquello que las impulsa a conducirse de una u otra manera.

Como explican los estudios del tema, la historia política había considerado desde tiempo atrás algunas “condicionantes” de la acción de las y los protagonistas políticos externos a la política misma, situaciones que incidían en sus comportamientos. Era el caso de su pertenencia a una clase y su estatus social, su edad, sexo, educación, actividad económica y la situación socioeconómica de la comunidad a la que pertenecía. Sin embargo, la consideración de la cultura política explora el peso de otros factores en las conductas políticas: se interesa por otros “condicionantes” sociales igualmente importantes, aunque más difíciles de observar, medir y valorar. Condicionantes referidos siempre a una comunidad, no a una persona en concreto, pero interiorizada por quienes forman parte de esa comunidad y que actúan en el espacio de lo político. Es el caso de las creencias, actitudes, prejuicios, predisposiciones, hábitos, valores, normas, sentimientos, expectativas, tradiciones, símbolos, mitos, concepciones acerca de la autoridad y los fines de la política, los cuales pueden variar de una comunidad a otra, de un tiempo a otro.

Las prácticas políticas, en tanto conjuntos de acciones y conductas sociales y políticas en torno al ejercicio del poder, responden y forman parte a esas culturas políticas. Constituyen acciones que se inscriben, sin duda, en marcos normativos formales, pero también —y quizás, sobre todo— en conjuntos de códigos de comportamiento individual y colectivo construidos e interiorizados por las comunidades. Se trata de prácticas que se transformaron a lo largo de los siglos, y que han dado lugar a procesos que, con momentos de mayor o menor inclusión, y mayor o menor efectividad, crearon espacios propios para la negociación política. Hicieron posible resolver disputas entre facciones políticas y conciliar intereses en conflicto; permitieron tejer redes y alianzas políticas entre caciques y grupos… Es el caso de las prácticas asociacionistas, de comunicación, electorales, parlamentarias, peticionarias, de control y de resistencia, entre otras que han despertado gran interés en las últimas décadas entre nuevas generaciones de historiadoras e historiadores latinoamericanistas.

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