por Luis Fidel Acosta Machado
Son muchos los nexos que unen a México y Cuba. La historia en común entre ambos países se pierde en la bruma de los siglos, pero puede remontarse a los tiempos del proceso de conquista y colonización e incluso antes. Por otra parte, en época de revoluciones, Cuba acogió a no pocos exiliados mexicanos y otro tanto hizo México con los cubanos. Uno de estos emigrados, quien desarrolló una intensa y muy especial relación con la tierra mexicana, fue José Martí.
No es desconocida la trascendencia histórica que tiene Martí en la historia de Cuba. Político, intelectual, escritor y revolucionario, fue el organizador del último conflicto armado en Cuba por obtener su independencia en 1895. Por otra parte, el ideario y pensamiento del “más universal de todos los cubanos” se encuentra profundamente enraizado en la esencia de Cuba como nación. Fueron estas las razones que llevaron a Alfonso Herrera Franyutti a publicar el texto Martí en México. Recuerdos de una época (Senado de la República, Mesa Directiva. LX Legislatura. Tercera edición, 2007) que vio la luz en 1969, y que ya cuenta con su tercera edición, esta última revisada y notablemente ampliada por su autor, con que prácticamente lo convierten en un libro distinto al publicado a fines de los sesenta.
Martí llegó a México en 1875, y justo ahí comienza su narración Franyutti, y se utiliza el término “narración” con toda intención pues, aunque es un libro de historia, el estilo y la forma utilizados por el autor lo convierten casi en una novela, solo que no es ficción lo que el lector tiene ante sí, es un estudio histórico, profusamente documentado y portador de la seriedad y profundidad de un trabajo académico, pero compuesto por una prosa casi literaria, que invita a leer. Y resulta este uno de los mayores logros del texto.
Como bien señala el título, el objetivo que se persigue la obra no es estudiar solo una faceta o etapa de la estancia de Martí en México. El héroe cubano arribó al país en febrero de 1875 y permaneció en él hasta abril de 1877. Aunque regresó en otras ocasiones, espacialmente a lo largo de 1894, lo hizo por corto tiempo y como parte de su labor revolucionaria. Así pues, el autor se propone ahondar en todos los momentos en que el cubano estuvo en tierra mexicana. Sin embargo, y a pesar de los inevitables saltos temporales, la estructura capitular y temática dada a la obra permiten que la historia fluya de manera coherente y armónica. No hay irrupciones abruptas gracias a las muy bien utilizadas introducciones breves, donde el autor refiere la actividad martiana fuera del país antes de enfrascarse en un nuevo episodio de su presencia en México.
Por otra parte, la obra no aborda solo una de las facetas del quehacer martiano en tierras mexicanas. El aliento del libro es totalizador y el autor desea abarcar todas: su labor política y revolucionaria, que lo condujeron incluso a entrevistarse con Porfirio Díaz en busca de apoyo para la causa independentista cubana; la literaria, donde se muestra codeándose con lo mejor de la intelectualidad mexicana de la época, como Justo Sierra o Altamirano, y escribiendo en las páginas de la Revista Universal o El Federalista; hasta su vida íntima y privada, donde sufre la muerte de una hermana, las pasiones amorosas por la mexicana Concepción Padilla y el amor por la cubana Carmen Zayas, a quien conoció y desposó en México.
No hay espacio para ahondar más acerca de este libro. Solo queda la recomendación hecha a quienes busquen conocer más sobre la vida en las tierras del Anáhuac de José Martí, a aquellos que decidan profundizar más en una de las tantas facetas que relacionan a Cuba y México, o simplemente deseen leer un buen libro, excelentemente escrito, donde se hace historia como si se escribiese una novela.
