(Parte III)
por Ludmila Scheinkman
Las autobiografías son muy elocuentes en sus silencios. Las de militantes varones suelen omitir por completo lo doméstico, dedicándose casi por completo a la vida pública. Aquí no hay contradicción entre lo que se espera de un varón y lo que relata. La inclusión de episodios de infancia -y las experiencias laborales y políticas cuando niños- suelen servir para encarnar a ese militante en un origen de clase y para anticipar al revolucionario o activista al que se dedica el grueso del relato.
Los escritos de mujeres militantes suelen ocluir los conflictos domésticos o las dificultades que como mujeres experimentaron en sus ámbitos de trabajo y militancia, desde los que escribían. La vida personal de Irma Othar casi desaparece del relato tras la narración de su infancia, una vez que ingresa al Partido Comunista. Si en las primeras páginas cuenta sucesos personales, e incluso los intentos de violación que padeció en sus primeros trabajos como sirvienta, una vez que ingresa en la política, ésta toma por completo el relato, omitiendo su vida “privada”. Este silencio salta a la luz al leer las autobiografías de mujeres militantes en serie con las de otras trabajadoras, que escribieron sin la presión de lealtades políticas y muestran lo que las otras ocultan: las dificultades matrimoniales, los límites que encontraron como mujeres en el mundo laboral y también en la vida civil.

Develar esas tramas permite darle valor a esos testimonios, más allá de sí mismos; es decir, salir de los textos para estudiar sus mundos y cruzarlos con esos otros archivos -los que nos cuentan del mundo en que esos trabajadorxs se desenvolvían-. Y esos archivos muestran que en esa época los niños trabajaban en trabajos similares a los de los autobiógrafos, con experiencias afines. Muestran que las mujeres carecían de derechos civiles y su gama de alternativas vitales tenía costos -tanto quedarse como irse de maridos borrachos o abusivos, como narran varias autobiografías, implicaba daños físicos o condenas morales-.
Nos podemos deslizar entonces entre el estudio de las estructuras y procesos “objetivos”, y el estudio de los sentidos que las personas construyeron; del mundo que reconstruyeron al proceso autorreflexivo con el que narraron sus vidas. En ambos casos, hay un ida y vuelta con el archivo; y este ida y vuelta permite ver lo excepcional y lo común.
Con esto, paso al último punto: por qué importan las vidas -las narraciones de vida, pero también los archivos personales- de personas relativamente irrelevantes -pues de las importantes, nadie duda-. Y acá voy a jugar un poco con la idea de lo comúnmente extraordinario. Porque un obrero que escribe su vida es extraordinario. Una mujer trabajadora que escribe, lo es más aún. Son extraordinarios tal vez en sus trayectorias de vida, por lo común de sus orígenes. O lo son por ese gesto trasgresor de tomar la pluma para narrarse a sí mismos; a veces, con la ayuda o la demanda de la organización política; o con su excesiva injerencia, como el archivo permite develar.
Como historiadora social, pienso que las vidas de esas mujeres que se escribieron a sí, o conservaron la memoria familiar en retazos y papelitos, importan. Que hablan de la trama de vínculos familiares, de los roles de género, de las posibilidades que tuvieron para moverse y hacer sus vidas mejores. Tanto como lo hacen los papeles del militante gremial o político de rango medio. Con esos papeles, retazos y fragmentos, nosotrxs, historiadores, hacemos un proceso algo parecido: tomamos esas líneas torcidas, inconexas o dispares y tratamos de armar historias del pasado que den sentido al mundo. Vuelvo a citar Los llanos, de Federico Falco: “la gran energía que requiere la escritura es la de ordenar, la de contar el cuento, la de darle un orden y una estructura, encontrarle un sentido. Es difícil resistir la tentación de un mundo ordenado. La sensación de control que da narrar: control del pasado, control de la historia, control de lo que viene, de lo que puede llegar a pasar. La velocidad de las palabras seduce cuando uno cree que va a poder ordenar el mundo a golpes de teclado”.
Y un poco eso, creo, es lo que hacemos, como nuestros sujetos escribientes y ordenadores. Armar historias que, en el mejor de los casos, no cierren, ordenen o controlen, sino que proliferen, desborden e iluminen pasados múltiples, vías alternativas y caminos truncos.
