La Iglesia católica mexicana y el centenario de la Independencia

por María Eugenia Ponce Alcocer

Las fiestas conmemorativas de septiembre de 1910 pusieron de manifiesto el papel fundamental y preponderante que el presidente Porfirio Díaz había adquirido en la historia patria y en el retablo de los héroes. Al lado de Miguel Hidalgo y Benito Juárez, la figura del presidente se apropió de un lugar en el altar de la patria como el artífice de la paz y el progreso alcanzado por el país.

Las relaciones que el régimen encabezado por Porfirio Díaz sostuvo con la Iglesia por medio de la política de conciliación, hicieron posible no sólo una convivencia pacífica, sino también un crecimiento en el número de sacerdotes católicos, así como en el número de establecimientos sostenidos por los miembros de la Iglesia: escuelas, obras de beneficencia, periódicos y libros. 

También el Estado permitió la enseñanza de la religión en las escuelas privadas, así como celebraciones religiosas en los alrededores de los templos. Esta magnanimidad en la aplicación de las leyes de Reforma por parte del general Porfirio Díaz tuvo como consecuencia que la jerarquía religiosa favoreciera e incluso, propugnara para que sus fieles olvidaran las heridas de la guerra civil y trabajaran conjuntamente con el propósito de mantener la paz que haría posible el progreso de la nación. Cabe aclarar que en la Iglesia católica había diferentes formas de pensar, no era una institución monolítica, por lo que no todos sus integrantes estaban de acuerdo con la conciliación, aquí se presenta el punto de vista de algunos miembros de la jerarquía.

El arzobispo de México José María Mora y del Río, en unión de los obispos Joaquín Arcadio Pagasa de Veracruz, Francisco Plancarte de Cuernavaca, Juan Rivera de Tulancingo y Francisco Campos de Chilapa, escribieron una Carta el 10 de abril dirigida al Episcopado mexicano sobre el Centenario de la Independencia. 

En esa Carta reflexionaban que hacía un siglo, Dios había llamado a los mexicanos a la vida social y autónoma, después de largos años en que el país estuvo ensangrentado con luchas fratricidas, se había conseguido la paz gracias al presidente. Todos esos beneficios habían llegado a los mexicanos por la intercesión de la Virgen de Guadalupe.

Una Carta pastoral escrita por el arzobispo de Antequera, Eulogio Gillow, ahijado del presidente Díaz, escribió el 13 de junio de 1910, que el centenario de la Independencia debía celebrase con gran entusiasmo, no sólo como ciudadanos, sino también como católicos. Resaltó la importancia de la religión como un elemento formador de la nacionalidad mexicana, un aspecto fundamental a lo largo de la historia de México y la incongruencia de separar la religión de la patria. Consideraba que el sentimiento religioso en la independencia se había manifestado por Hidalgo en su estandarte de la imagen de la Virgen de Guadalupe, e Iturbide, proclamando la religión en los colores de la bandera, símbolo de la nueva nacionalidad.   

Otra autoridad eclesiástica, el obispo de Tepic Andrés Segura y Domínguez, en su Carta pastoral exhortaba a amar a la patria, pero ese amor no sólo debía “ser afectivo, sino efectivo”, es decir, que de la palabra se debía pasar a la acción e incluso estar dispuesto a amarla y defenderla a riesgo de sacrificar la vida. 

Las Cartas pastorales nos permiten darnos cuenta de la visión de la jerarquía de la Iglesia y que ésta abandonó en gran parte la posición defensiva y de enfrentamiento con el Estado mexicano que tuvo durante buena parte del siglo XIX, y que el régimen porfirista con la política de tolerancia también cedió en su enfrentamiento con los jerarcas de la Iglesia. El régimen de Díaz logró inculcar en una gran parte de sus contemporáneos, tanto laicos como eclesiásticos, que el presidente había sido el factor fundamental para lograr conseguir la paz, la tranquilidad y el orden y como consecuencia, hacer posible el progreso, tanto del Estado como de la Iglesia católica. 

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