Perspectivas extranjeras: las casas del noroeste mexicano en el siglo XIX

por Iléana Yvonne Nielle Blum Green

La casa siempre ha sido un lugar importante en la vida de las personas. Pero a lo largo de la historia y en las distintas regiones del mundo los hogares han sufrido cambios en sus diseños, materiales de construcción y muebles. Esto lo podemos ver desde el estudio de la historia de la cultura material, es decir, a partir de una apreciación acerca de cómo vivían los hombres y las mujeres de otra época hecha a partir de los vestigios o testimonios sobre sus viviendas y muebles, vestimenta o instrumentos de trabajo. Una forma de ver este cambio es a través de los ojos de viajeros que las describieron durante sus recorridos. Es el caso, por ejemplo, de relatos como los de Duflot de Mofras, Ernest Vigneaux y Gustave Aimard en sus escritos Exploration du territoire de l’Oregon, Souvernir d’un prisioner y La main–ferme, respectivamente.

De acuerdo a estos viajeros, quienes visitaron parte de los actuales Sinaloa, Sonora, Baja California y Baja California Sur, California y Arizona entre 1840 y 1850, las casas de las personas de la región se agrupaban, en general, en una localidad alrededor de una iglesia, en en torno a las misiones, cerca o dentro de los presidios o de las haciendas.

En sus relatos los viajeros separan sobre todo dos tipos de vivienda: el de los ricos y el de los pobres. Las viviendas de la gente más adinerada eran edificaciones enormes con un piso distinto al de la calle y una habitación para celebraciones. Las recámaras estaban amuebladas con algunos bancos, cofres y sillas, utensilios de limpieza y camas (este último demostraba su fortuna). Estas casas eran las que se encontraban en las zonas más resguardadas del poblado y podían estar hechas de piedra de una cantera local o robadas de alguna construcción previa
como una vieja misión.

Por otra parte, estaban los hogares de los pobres, la mayoría. Tenían un solo cuarto que servía de vestíbulo, salón y comedor, donde guardaban todo: una mesa, algunos bancos, sillas, equipales, sillas de montar, arreos, comida e incluso algunas aves. En sus dormitorios solo había algunos baúles que servían de aparadores, montados encima de caballetes, y petates para dormir. Otras viviendas, aún más humildes, solo tenían un hornillo de tierra y una cacerola a modo de cocina. Los viajeros incluso describieron a varias como ruinas.

En su construcción se usaban, para las paredes, juncos y adobe, y en su interior se utilizaba la cal. El adobe era desconocido para los viajeros así que describieron las piezas de este material como largos ladrillos, bloques de lodo o tierra mezclada con ramas y secada al sol. Los techos eran de palmas u otras plantas, entrelazadas. Asimismo, estas casas solían ser de un piso y podían no tener ventanas, o muy pocas, y estaban cerradas por rejillas de madera y rejas sin vidrio.

Los viajeros describían de esta manera las casas de los habitantes del noreste mexicano, porque las hallan diferentes a las suyas ya fuera en forma, materiales o colores. En este caso las encontraron, en general, tristes y en estados deplorables y con pocos muebles para satisfacer sus necesidades. Con ello entendieron los viajeros que los habitantes del noroeste no eran gente con muchos recursos y algunos tomaron de excusa esto para tramar planes de conquista, pero esa es otra historia que no tocaremos aquí.

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