Palas, picos y tlachiqueros: El laboratorio arqueológico en las excavaciones de Teotihuacán (1905-1910)

por Mariana Ortiz Cortés

Los primeros trabajos para descubrir la pirámide del Sol en su totalidad, en el sitio prehispánico de Teotihuacán, en el Valle de México, se llevaron a cabo en el contexto de las celebraciones del Centenario de la Independencia de México. En 1905, estos trabajos fueron encargados al pionero de la arqueología mexicana, Leopoldo Batres, quien se comprometió a descubrir la pirámide en solo cinco años. Aunque Batres logró cumplir su promesa, enfrentó numerosas dificultades, entre ellas la búsqueda de mano de obra tanto especializada como peones para el trabajo de desmonte. Esto resalta la incipiente profesionalización de la arqueología en ese periodo, así como la falta de institucionalización y la aplicación rudimentaria de métodos y técnicas en la disciplina.

Al inicio de las excavaciones en 1905, Leopoldo Batres conformó grupos de trabajadores con gran disciplina interna, supervisados por cabos, capitanes y capataces. Sin embargo, a pesar de su buena organización, el equipo careció de personal capacitado para realizar los descubrimientos. Por esta razón, decidió solicitar el apoyo de trabajadores del campo locales, quienes poseían conocimientos sobre el manejo de la tierra teotihuacana.

La escasez de arqueólogos especializados motivó la contratación de personal no calificado para las labores de excavación en el proyecto. A pesar de la disponibilidad de algunos expertos, estos se dedicaban principalmente a tareas de recolección de datos, identificación, datación y descripción del material antiguo. La labor de excavación manual fue realizada por personal no calificado.

Ante la escasez de especialistas en arqueología, Batres ofreció empleo a los campesinos y tlachiqueros que vivían en la zona aledaña a Teotihuacán, en particular en San Juan. A pesar de que los jornaleros del campo no distinguían entre excavar la tierra y descubrir un monumento prehispánico, recurrir al apoyo de peones era una práctica bastante común en la época. La mayoría de los campesinos de San Juan se dedicaban al cultivo de maguey, por lo que disponían de tiempo libre mientras esperaban la maduración de la planta. En esos periodos, se dedicaban por temporadas a la alfarería o al comercio. Batres aprovechó las épocas de baja actividad de la población de San Juan e invitó a los jornaleros a participar en las excavaciones a cambio de un salario semanal.

Los trabajadores contratados entre 1905 y 1910 para el descubrimiento de la pirámide fueron muchos, con distintos sueldos, según la labor que realizaran. El grupo más numeroso, menos calificado y peor pagado era el de trabajadores manuales. Para Batres, el sueldo que recibían era justo considerando su falta de experiencia en el oficio de la arqueología. Las condiciones laborales de ellos eran precarias: recibían un pago ínfimo y eran tratados con desprecio. A pesar de su baja remuneración y trato indigno, la contribución de los peones fue indispensable para el éxito del proyecto.

Los peones constituyeron la columna vertebral del trabajo físico en la excavación. Encargados de las tareas más arduas, se dedicaron a la excavación manual del terreno y la remoción de escombros. Su jornada laboral fue la más extensa. Si bien su trabajo no requirió una alta calificación técnica, la exigencia física fue considerable. Los peones que aceptaron realizar la labor de excavación no recibieron capacitación previa, pero trabajaron bajo la dirección del capataz y del propio arqueólogo.

Las excavaciones fueron un proyecto que exigía habilidades muy diferentes. Batres era el encargado de dirigir, pero se contrataron personas dedicadas a realizar múltiples tareas: desde las más rudas con pico y pala, hasta otras más especializadas. El desarrollo de la arqueología mexicana en ese entonces era incipiente, por lo que Batres y su equipo tuvieron que aprender e incluso experimentar sobre la marcha. Bajo la dirección de Batres, Teotihuacán se convirtió en un auténtico laboratorio arqueológico.

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