El impostor de Javier Cercas y El adversario de Emmanuel Carrère
por Arturo Ríos
Hace algunos años Javier Cercas publicó El Impostor, “relato real” acerca de una persona o personaje excepcional: el catalán Enric Marco, presidente de la Amicale de Mauthausen, institución de -y para- las víctimas de los campos alemanes de concentración. Los españoles estaban habituados a verlo por televisión mientras rememoraba cinematográficas experiencias del campo de Flossenburg. Para horror general, en 2005 el historiador Benito Bermejo demostró que Marco era uno de los grandes impostores del holocausto. Nunca había estado preso en Flossenburg. El collar de anécdotas que había contado una y otra vez estaba tejido con testimonios ajenos y películas de nazis. Lo realmente vergonzoso era que todos habían creído aquellas terribles y dulces historias.
Cercas hurgó archivos, visitó testigos, conversó durante muchas horas con Marco antes de escribir El impostor. Procuró discernir las verdades de aquel pajal de mentiras pero, sobre todo, sondear los motivos por los cuales el mundo creyó en el impostor. En definitiva, para Cercas todo el mundo miente por motivos muy similares a los que existe la literatura y se engarzan las palabras: la realidad suele ser tan ingrata que necesitamos inventar una historia que se ajuste más a nuestros sueños (incumplidos por definición). Muchos españoles de aquella época hubieran querido ser valientes hasta el martirio, justo lo que vendía Marco en el mercado de la memoria. ¡Quién no hubiera querido ser como Marco! Por eso todos creyeron sus patrañas; por eso mismo sería el chivo expiatorio perfecto para la cobardía nacional, universal. El falso heroísmo de Marco encuentra su reverso en la facilidad que han tenido los pueblos y que tenemos las personas para obedecer.
Antes que Cercas, Emmanuel Carrère escribió El adversario, un magistral relato acerca de un impostor escalofriante. El libro también es escalofriante. Jean Claude Romand ocultó por dieciocho años su vida verdadera a familia y vecinos de un acomodado suburbio suizo. Todos creían que compartían la vida con un médico exitoso, sencillo y reservado. Nada era cierto, era un hombre sin oficio ni beneficio, como no se considere oficio tramar una telaraña de mentiras a fin de conseguir los recursos económicos apropiados al médico Romand (usurpó los ahorros de todos los familiares que le confiaron su futuro). Los impostores conviven con la angustia de saber que no hay crimen perfecto y que un día cualquiera, a la vuelta de la esquina, pueden quedar expuestos frente a los seres queridos. Serán entonces observados con la ira, lástima, miedo y morbo con que se mira lo monstruoso. Romand supo que aquel día estaba próximo y prefirió asesinar a su familia antes que exponerse a su mirada. El negativo de aquel mundo de ensueño suizo y burgués teñía de oscuridad la vida de Jean Claude.
Si Cercas anhela una explicación para comprender a Marco es porque considera que sólo la verdad puede salvarnos. Cercas sueña que él es Miguel de Cervantes; que Marco, como el Quijote, podrá vivir sólo si logra volver a la realidad desde la mentira. Y así también la sociedad española.
Lo de Carrère es otra cosa. En las páginas del breve libro dedicado a Romand se advierte la consciencia del autor acerca de los límites que un crimen asaz atroz supone para la razón. ¡Cómo encadenar una serie de acontecimientos que sean capaces de explicar el momento en que un padre amoroso mata a sus propios hijos! ¿Cómo encadenar una serie de acontecimientos que sean capaces de explicar el momento en que un padre amoroso mata a sus propios hijos? Cómo demonios es posible narrar, comprender eso. Si en Cercas encontramos a un historiador capaz de evidenciar los resortes de la mentira y la credulidad, en Carrère se recorta un buzo del mar abisal, un psicoanalista delante del caso que terminó con su práctica profesional.
Cuando un impostor es descubierto, debe pagar ante el mundo un precio del tamaño de su mentira. La naturaleza de las relaciones humanas vuelve imposible escapar de ese destino, al menos, del temor de este destino. Y, sin embargo, cuando Carrère entrevista en la cárcel a Romand, tipo amable e inteligente, se pregunta si será posible que este impostor no hubiera obtenido un premio, si no se halla delante de un camaleón capaz de sobreponerse a todas las verdades para transformarlas siempre en otro amable, demoniaco disfraz. Es un pensamiento oscuro, una intuición espantosa. A diferencia de Cercas, Carrère asedia una zona de locura y silencio febril cuya explicación debe quedar condenada al secreto.
El libro de Carrère es así muy distinto al de Cercas, no sólo por lo que distingue a sus impostores sino también, y sobre todo, por lo singular de sus respectivas miradas. Mientras Cercas procura la explicación de una época a partir de esa grieta que cree reconocer en Marco, Carrère plantea un texto más psicológico y ambiguo. Lejos de la seguridad que propician los acertijos bien resueltos, el lector llega al final de El adversario con más aprehensiones de las que inició el libro, sin importar que desde la primera página conozca el crimen y la culpa de Jean Claude Romand. Dos modos de ver el mundo a la mano del lector, la pastilla azul y la pastilla roja
