¿La mujer en la casa?

Alcances y límites de la actividad mercantil femenina en la sociedad patriarcal porteña (fines del siglo XVIII y comienzos del XIX)

por Marcela Aguirrezabala

Durante los años ’60 del siglo pasado, los movimientos feministas hicieron del fin del patriarcado una bandera de lucha, en tanto que, bajo la pretendida superioridad masculina terminaban justificando la opresión femenina en todo tiempo y lugar.

En Latinoamérica, el concepto de patriarcado remite a una poderosa conciencia del poder del pater familis, cuyos orígenes pueden rastrearse en la sociedad patriarcal de la conquista, que naturalizó y perpetuó un sistema cultural y social de dominación, ejercido por los varones en detrimento de las mujeres de la sociedad colonial.

En el mentado patriarcado, el pater familis, tenía la potestad de gobernar la casa poblada, concepto que no solo comprendía el lugar habitado en la ciudad, sino también a los padres, hijos y familia extendida, esclavos, criados, entre otros. La casa poblada constituía además, el principal espacio de sociabilidad durante la colonia y era indispensable para que el pater familis alcanzara la condición de vecino.

Ahora bien, en ese escenario colonial, ¿cuál era el rol de la mujer en la casa? ¿es que su actividad estaba limitada al ámbito doméstico de la misma?

Un lector desprevenido podría dar una respuesta afirmativa. Sin embargo, no fue así, definitivamente, no. En tal sentido, cabe remitir al libro de mi autoría, publicado en el año 2021, titulado: ‘Mujer de negocios’ en la colonia. Trama de la presencia femenina en el espacio mercantil rioplatense.

Las mujeres que pertenecían a los sectores medios y altos de esa sociedad rioplatense, contaron con subterfugios que les permitieron superar la incapacidad jurídica atribuida, exceder ese universo doméstico e intervenir en otros quehaceres. En tal sentido, aun cuando a las mujeres casadas les estaba vedado contratar, mediando una habilitación conyugal o del juez, podían hacerlo, circunstancias que, en ocasiones, fueron usufructuadas por los propios varones.

Las viudas, gozaban de mayor libertad, aunque a veces debieron batallar jurídicamente, en defensa del manejo de sus bienes frente a un yerno decidido a imponer su tutela y reacio a aceptar la dirección femenina en los negocios.

Estas mujeres de la sociedad colonial porteña, pudieron encargarse de la administración y producción de sus tierras, registrarse como cargadoras, exportando a su cuenta y riesgo innumerables frutos como cueros, astas, pieles, plata, oro, plumas, entre otros. Algunas de ellas, introdujeron esclavos, mercería, textiles, hierro, arena, maderas y cargazones de efectos provenientes de distintas plazas comerciales. Las hubo prestamistas y quienes llegaron a ser acreedoras de sumas siderales. No solo eso, compraban y vendían embarcaciones, había quienes tenían lanchas, balandras, bergantines, goletas y hasta fragatas heredadas, que afectaban al tráfico oceánico o al cabotaje, decidiendo incluso sobre su carenado o remate.

Con un aprendizaje elemental al interior de la casa, también develaron habilidades para la redacción de la correspondencia mercantil destinada a comerciantes, factores, socios, entre tantos otros.

Asimismo, constituyeron compañías comerciales y mostraron ribetes de empresarias,con aptitudes y destrezas como para manejar el circuito comercial en una extendida geografía entre América y Europa.

No cabe duda, que estas mujeres fueron agentes económicamente activas, que asumieron un papel complementario, supletorio y muchas veces, indispensable para el varón, aunque también, en función de sus propios intereses.

Así es que si de patriarcado hablamos, ya va siendo tiempo de dejar de invisibilizar a la mater-familis en la casa.

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