por Gerardo Antonio Galindo Peláez y Hubonor Ayala Flores
El devenir de las sociedades humanas está intrínsecamente ligado a los desastres, de ahí que resulta necesario abordar dicha relación en un diálogo entre el presente y el pasado, para comprender los alcances y consecuencias históricas de estos fenómenos. Por otra parte, las sociedades, las instituciones, los grupos y los individuos han reaccionado de diversas formas ante su ocurrencia, de ahí que resulte importante abordarlos desde diferentes periodos históricos y espacios geográficos. Si bien la historia de estos eventos nos ofrece la posibilidad de reflexionar desde el pasado y nos brinda información valiosa para el presente, también sirve para elaborar prospectivas a futuro sobre su periodicidad, características, patrones de afectación y posibles formas de mitigar sus consecuencias.
Desde tiempos remotos, la geología ha influido en las características físicas del estado de Veracruz y la región del Golfo de México, en particular, en los sucesivos eventos sísmicos que forman parte de su acción. Sin embargo, no fue, sino hasta el registro histórico de dichos fenómenos que la conciencia social sobre la recurrencia de los mismos se fue haciendo cada vez más presente en la memoria colectiva, sobre todo, a partir de los dos últimos siglos. Los estudios efectuados en los últimos años constatan que la región se encuentra catalogada como una zona sísmica de mayor riesgo.
Desde el periodo prehispánico existen datos sobre los eventos telúricos en Veracruz, sin embargo, no fue sino hasta el periodo virreinal, cuando, por una mayor conservación de fuentes escritas, se tienen registros más puntuales sobre los mismos, al igual que en siglo XIX. A finales del mismo siglo los instrumentos de medición se perfeccionaron y permitieron conocer mejor las características de los fenómenos de esta naturaleza que afectaron a la república mexicana y al estado de Veracruz. Lo anterior permitió que los tres últimos fenómenos sísmicos de mayor intensidad que afectaron al territorio veracruzano en el siglo XX fueran medidos y registrados con mayor precisión. Estos eventos fueron, el llamado “terremoto de Xalapa de 3 de enero de 1920”, que afectó a esta capital del estado y a las poblaciones rurales de zonas serranas aledañas de los estados de Puebla y Veracruz. El de 26 de agosto de 1959 en Jáltipan, localidad ubicada en el Sur de la entidad, que también afectó a otras aledañas como Acayucan, y el de Orizaba, ocurrido el 28 de agosto de 1973, que provocó numerosas pérdidas humanas y materiales en los estados de Veracruz y Puebla.
Todos estos eventos demuestran, en primer lugar, la vulnerabilidad a la que está expuesta una gran parte de los habitantes de Veracruz, sobre todo los asentados en las zonas metropolitanas de Xalapa, Orizaba y Coatzacoalcos y sus áreas rurales. En segundo lugar, la escasa memoria histórico-social sobre la existencia de estos fenómenos y el riesgo latente para el futuro. En tercer lugar, se hace necesario estudiar fuera de tendencias centralistas, la existencia de estos fenómenos que afectarían a zonas densamente pobladas y que enfrentan riesgos derivados de sus ubicaciones geográficas como entornos montañosos, suelos blandos y cercanía con el mar.
