La Columna Volante de la Unión (1824)
por Emiliano Canto Mayén
En el año de 1824, una desavenencia entre el Congreso del Estado de Yucatán y el Ayuntamiento de Campeche motivó que se dispararan los cañones, y la sangre estuvo a punto de correr en la península.
Recuerda, lectora o lector, que en aquel tiempo la jurisdicción del estado de Yucatán comprendía todo el territorio de la península del mismo nombre. Debido a que la economía de Mérida dependía del intercambio comercial con Cuba, entonces posesión española, el Congreso del Estado había demorado la declaración de guerra a España, la cual ya se había formalizado en la Ciudad de México.
Esta tardanza generó la suspicacia de algunos opositores campechanos, quienes reaccionaron en contra del proceder del Congreso estatal. El 15 de febrero de 1824, cinco ciudadanos del puerto solicitaron una reunión extraordinaria con el cabildo y llevaron un memorial en el que exponían las causas de su inconformidad. Estos individuos fueron José Ignacio Antezana, José Antonio López, Jerónimo López de Llergo, Ignacio Roca y Eduardo Vadillo, quienes llegaron a la asamblea seguidos de un gentío.
En esta reunión extraordinaria, presidida por el alcalde primero, Antonio Estrada, y con la presencia de los comandantes militares Juan Manuel Calderón y Sebastián López de Llergo, se discutió acaloradamente y se aprobó: 1) la unión con México, 2) la guerra contra España, y 3) que los empleos y destinos recayeran en “americanos idóneos, moderados y decididos por la emancipación” de México.
El tercer punto, según el cual los funcionarios públicos tendrían que ser necesariamente “americanos” partidarios de la independencia, motivó el despido de 13 empleados de origen español: José de Argüelles, José Cadenas, Antonio Cánovas, Pedro Casas, Alejo Helguera, Manuel Mediavilla, José Antonio Mediz, Rafael Montalvo, Esteban Paullada, Hilario de la Presa, Pedro Rodríguez, Joaquín Trava y Lorenzo Vargas.
Cuando el Congreso del Estado recibió noticia de estos despidos, los diputados por Campeche, Miguel de Errazquín y Pedro Manuel de Regil, solicitaron una licencia para separarse de su cargo pues, según ellos, ignoraban si se encontraban incluidos entre las personas consideradas “inadecuadas” para ejercer sus funciones. Los demás diputados se negaron a conceder la licencia a Errazquín y de Regil y, el 18 de febrero de 1824, se decretó que cualquiera que atentara contra las personas, propiedades o derechos de los españoles avecindados en el estado, sería perseguido conforme a las leyes, como antagonista del orden y seguridad pública.
Este decreto llegó a Campeche, pero el cabildo se negó a publicarlo y mandó a Mérida una comisión. Sin embargo, los enviados Miguel Casares, Felipe Antonio Molina y Joaquín Puerto, no fueron atendidos por el Congreso y esta instancia ordenó que un destacamento abandonara un cuartel conocido como El Bugío y, a continuación, fundó una división llamada Columna Volante de la Unión bajo el mando del coronel José Segundo Carvajal Cavero.
En Campeche, mientras tanto, se trasladó la pólvora almacenada en la Casamata (imagen 1) al interior de las murallas y, justo durante esta coyuntura, Carvajal apresó y envió a Mérida a los integrantes del cabildo de Calkiní que apoyaron el movimiento político de Campeche y, todavía más drástico, el Congreso detuvo, como represaría, la concesión del título de villa a Calkiní.

Al llegar la Columna a Hecelchakán, las autoridades campechanas cortaron comunicaciones con Carvajal y fundaron una Junta de Guerra integrada por Pedro de Baranda, Francisco Calderón, Juan Manuel Calderón y Manuel Fraire. Luego, en los últimos días de marzo, parte de los vecinos de los barrios extramuros de Campeche se refugiaron al interior de las murallas, poco antes de que el comandante Carvajal posicionara sus tropas en el barrio de Santa Ana (imagen 2).

Comenzaron las negociaciones, se dispararon los cañones (al parecer salvas) y Carvajal envió destacamentos a Champotón, Chiná y Seybaplaya.
Quiero remarcar en este punto, la insensibilidad de los historiadores que me han precedido y que han descrito este episodio militar como una fiesta, debido a que no se registraron bajas y a la alegría y música que reinaron en ambos campamentos. Esta ligereza ignora la angustia de la población civil, el encarcelamiento de los munícipes de Calkiní y las pérdidas materiales que, probablemente, sufrió el vecindario de los barrios campechanos al abandonar sus hogares.
La guerra de la Columna concluyó, con saldo blanco, durante las primeras semanas de mayo de 1824. Cuando Francisco Antonio Tarrazo recibió el nombramiento de gobernador interino de Yucatán, el 23 de abril de 1824, le ordenó a Carvajal que abandonara sus posiciones. El coronel obedeció parcialmente, ya que dejó a la mitad de sus elementos en el campo; entonces, el licenciado Tarrazo giró una nueva instrucción que, al parecer, se cumplió antes del 15 de mayo de 1824.
Por lo anterior, cuando el 18 de mayo de 1824 desembarcó en Campeche Antonio López de Santa Anna, con el nombramiento de comandante general de Yucatán, la Columna Volante de la Unión ya se había disuelto y los munícipes de Calkiní habían sido liberados. Tanto las autoridades de Campeche como las de Mérida echaron al olvido la guerra de la Columna y recibieron con festejos, música y danzas al comandante López de Santa Anna, quien, en mi opinión, fue quien más se benefició de esta desavenencia política.
