por Andrea Torrealba
La Antártida, ese vasto continente cubierto de hielo, siempre ha sido un enigma. Durante siglos existió más como una hipótesis que como una realidad explorada. Sin embargo, en un giro fascinante de la historia, este continente deshabitado se convirtió en un escenario crucial para las ambiciones imperiales europeas a fines del siglo XIX y principios del XX, no por sus recursos o su gente, sino por el impulso de la ciencia misma.
Solemos pensar en el imperialismo como una búsqueda de mercados, mano de obra o recursos naturales, pero en el caso de la Antártida estas motivaciones tradicionales no encajan. Y es que no había poblaciones que explotar, ni materias primas obvias que extraer, (el agua dulce no era aún un recurso tan codiciado). Esta paradoja nos invita a una comprensión más profunda del imperialismo, una que va más allá de lo puramente económico o político.
En un momento en que gran parte del mundo ya había sido “descubierto”, la Antártida representaba la última frontera geográfica. Explorarla y documentarla se transformó en un símbolo de progreso y superioridad, una forma de demostrar al mundo y a sus propias poblaciones la grandeza y la capacidad de las potencias occidentales.
Desde la antigua creencia griega en la Terra Australis Incognita (una tierra austral desconocida que equilibraría las tierras del norte), la Antártida fue durante milenios más un concepto teórico que un lugar real. Incluso cuando James Cook la bordeó en 1772 la descartó como inhabitable y sin valor económico. La presencia humana inicial se limitó a la caza de ballenas en sus aguas circundantes, sin un interés real en la tierra.
Sin embargo, un evento en 1895 marcó un antes y un después: el Sexto Congreso Internacional de Geografía en Londres. Allí se declaró que la exploración de las regiones antárticas era “el reto más grande de exploración geográfica” que quedaba. Este pronunciamiento impulsó a diversas naciones a lanzar expediciones: de un espacio en blanco en el mapa pasó a ser un campo de acción para la competencia científica.
Las fuentes de la época revelan esta dinámica. La Real Sociedad de Geografía, la autoridad científica en la materia, dictaminó qué exploraciones eran válidas y cuáles no. Así se dio inicio a la llamada era heroica de la exploración antártica, a principios del siglo XX. La famosa carrera por el Polo Sur entre el noruego Roald Amundsen y el inglés Robert Falcon Scott es el ejemplo más claro. La ciencia no solo justificaba las expediciones, sino que también definía su valor. Cuando Amundsen regresó habiendo conquistado el Polo Sur, pero con una investigación científica menos exhaustiva que la de Scott, el presidente de la Sociedad, Clements Markham, desestimó su logro como una “pura carrera” en lugar de una “verdadera exploración”.

La prensa del momento también jugó un papel crucial en moldear esta percepción. Periódicos como el Times exaltaban los viajes al Polo Sur no solo por la valentía, sino por la “adquisición de conocimiento sobre historia natural, geología, geografía, pero sobre todo hacia el esclarecimiento del gran misterio del magnetismo terrestre”. De este modo, la ciencia elevó estas expediciones a un estatus de logro imperial y nacional.
En esencia, la Antártida se transformó en la mente occidental de una simple masa de tierra hipotética, a un vasto laboratorio natural y, finalmente, a un símbolo de la competencia científica entre potencias europeas. La búsqueda del conocimiento científico y su vínculo con el poder imperial justificaron la conquista de un continente inhóspito para resignificarlo como parte del imaginario imperialista de la época.

