por María Paula Corredor Acosta
¿Podría una receta cambiar el destino del mundo conocido? En el siglo XVIII, la preparación de un alimento naval podría cambiar el curso de los imperios…
Era 1789 y el comandante de la expedición española al Pacífico, Alejandro Malaspina, comisionó a Claudio Chambovet para preparar una receta de cebada fermentada. Después de todo, el viaje que estaba por realizar tardaría al menos tres años y necesitaba un alimento que le permitiera combatir la peor de las enfermedades de los marinos: el escorbuto. Aquel que la contagiaba quedaba a merced de terribles hemorragias, la caída de los dientes, anemia, y, finalmente, si no se alcanzaba tratamiento, en varios semanas provocaba la muerte. Esta temible enfermedad podía atacar las tripulaciones de barcos enteros y detener expediciones al otro lado del mundo. En un momento como este, la llamada era de las revoluciones, la exploración del Pacífico era crucial para los imperios, pues el intercambio con China y las especias del sudeste asiático hacían parte fundamental del comercio transatlántico. Eran momentos de tensión, de una carrera por la exploración del océano, por establecer rutas más agiles para el intercambio de mercancías.
Las instrucciones para esta receta llegaron a Malaspina de parte de un oficial de la armada española a quien un amigo suyo, a su vez, le había comunicado por sus viajes en la tripulación de James Cook. La receta de cebada, llamada dreche, parecía haber surtido efecto cuando Cook realizó sus viajes al Pacífico. Y, sin embargo, parecía que Cook no había sido su inventor, sino que la receta parecía provenir de Francia. Anotaba el marino anónimo que, además, otras tripulaciones en Dinamarca, Suecia, Alemania y Rusia consumían “surcruit” (chucrut) lo que les ayudaba contra el escorbuto.
Aunque la receta de dreche pudiera parecer una simple anotación en la vasta documentación de la expedición, estos apuntes nos permiten hacer visible una red de información transimperial entre los marineros. Es el boca-en-boca, la transmisión oral, la que permitiría este intercambio de información por canales que dejaban poco o ningún rastro. La oralidad en contextos globales, como lo mencionaba Cristina Soriano, permitía la circulación de ideas y conocimientos técnicos, políticos y religiosos.
Además, la receta del dreche nos permite considerar la vinculación de la ciencia con la navegación. Las recetas contra el escorbuto ya circulaban desde el siglo XVI en América y Europa. Distintas soluciones al escorbuto aparecieron en tratados médicos como el de Agustín Farfán en 1579 siendo los cítricos centrales para curar la enfermedad. En el siglo XVIII, doctores como Anthony Addington, David Machrire y Nathaniel Hulme también propusieron diversos remedios antiescorbúticos. Y, sin embargo, la información no llegó de los tratados científicos a los navegantes por canales escritos sino orales, siendo la práctica más fiable que la teoría.
La receta del dreche parecía ser un intento desesperado para enfrentar al escorbuto en las largas expediciones. Entre esas redes de información, las formales y las informales, obtener todos los posibles elementos para evitar el escorbuto – dreche, surcruit- parecía ser crucial para mantener la marinería. En un momento en que el mundo estaba a punto de cambiar para los imperios europeos, la exploración, el dominio de territorios, personas y mercancías, dependía de la información de una receta. Y, sin embargo, esta pareció nunca fabricarse para Malaspina. ¿Habría encontrado otro método para mantener a sus marineros a salvo? ¿Habría incorporado otras recetas contra el escorbuto? No lo sabemos, lo único cierto es que una receta de cebada fermentada nos habla de mundos globalizados, de canales informales de información, y de aspiraciones de expansión imperial en las que España fracasó.
