por Israel Arroyo
Juan N. Méndez no es una figura tan conocida como Santos de Degollado, Manuel Doblado o Benito Juárez; pero también llegó a ocupar la presidencia interina de la república en 1876. Tan sólo por este hecho vale la pena resaltar su importancia en el siglo XIX mexicano. Vale preguntarse también ¿cómo un maestro y comerciante rural de Tetela de Ocampo –municipio ubicado en la Sierra Norte de Puebla– pudo ocupar la máxima magistratura de la república? Y de pasada cuestionarse ¿si este trayecto fue una situación excepcional o fue la manera en que se tenía “éxito” para construir una carrera política en el siglo decimonónico?
A mi parecer, tres itinerarios de Méndez explican su presencia política: su trayecto de cargos públicos, su recorrido militar y su tenacidad como líder oposicionista frente a los gobiernos locales de Puebla y los nacionales como el de Juárez y Lerdo.
Los cargos públicos fueron desde lo local hasta lo estatal y nacional. Fue auxiliar en un juzgado de paz, tres veces miembro del ayuntamiento constitucional de Tetela en la década de 1840 y subprefecto político en 1855. A nivel estatal, tesorero general en 1856 y diputado de los constituyentes locales de 1857 y 1861. Luego sería gobernador interino y secretario de Gobierno en 1867, así como senador de la república en 1877 y gobernador constitucional en 1880. En cuanto al ámbito nacional, fue presidente de la república interino por dos meses y medio, al triunfo del levantamiento de Tuxtepec. Y finalmente, presidente de la Suprema Corte militar desde 1885 hasta su muerte física en 1894.
El recorrido militar de Méndez no fue nada extraordinario. Se alistó como miliciano en la guerra contra Estados Unidos en 1846-1847. Participó en la Revolución de Ayutla y en contra del golpe de Estado de Comonfort en diciembre de 1857. Y en la Guerra de Reforma tuvo un papel relevante, al apoyar al gobierno constitucional de Juárez en Veracruz. En la Intervención francesa, apoyó con su persona y sus milicianos en la batalla del 5 de mayo de 1862 –sufrió graves heridas en la batalla– y en el sitio de Puebla de 1863. Luchó, de forma intermitente, contra las fuerzas de Maximiliano antes de su definitiva derrota en 1867. Resalta su influjo en la
Su liderazgo como líder oposicionista llegó a su clímax en 1867. Se negó a publicar, por inconstitucional, el plebiscito juarista de 1867 y apuntaló la candidatura a la presidencia de la república de Díaz frente a Juárez. Su osada medida –sólo él y el gobernador de Guanajuato León Guzmán se opusieron a tal medida– le costó la remoción de la gubernatura interina sugerida por Lerdo y ratificada por Juárez. A pesar de ello, su red estatal era tan amplia que en la elección constitucional de 1867 por la gubernatura de Puebla le ganó, vía el voto directo y popular, al contendiente apoyado por Juárez. Mediante argucias legislativas no le reconocieron la victoria. Méndez y sus partidarios en el Congreso pactaron una nueva elección en 1868. Otra vez el voto popular le favoreció a Méndez. En la calificación de la elección, descarrilaron su triunfo electoral –aquí el proceso fue legal, pero “poco legítimo”– y el Congreso local nombró a un partidario de Juárez.
La vía opositora de Méndez continuaría ligada a Díaz en la década de 1870; aunque ahora en su formato más radical: el Plan de la Noria (finales de 1871) y la rebelión de Tuxtepec (inicios de 1876), ambos levantamientos encabezados por Díaz y con el recurso de la vía armada y la sumatoria de diversos poderes regionales. La Noria fue un movimiento derrotado. El de Tuxtepec, reformado en Palo Blanco, terminó como una rebelión triunfante en contra del recién gobierno “constitucional” de Lerdo. El Plan reformado de Palo Blanco preveía un gobierno interino de la presidencia de la república en lo que se convocaba a la elección constitucional permanente. Díaz designó a Méndez como el ejecutivo interino para encabezar la transición. Fue un reconocimiento a su probado aliado de viejas batallas desde 1867 hasta 1876. No había posibilidad de deslealtad alguna.
Quiero terminar el texto con dos enseñanzas del breve recorrido de Méndez. La primera tiene que ver con la relación entre lo militar y los cargos civiles para forjar una carrera política. Personajes como Méndez –creo que una buena parte de los liderazgos decimonónicos siguieron este símil– no escalaron en lo político solamente por su trayectoria militar (quizá perfiles civiles como Juárez o Lerdo sean una excepción del siglo XIX mexicano). Sin un largo recorrido –que muchas veces comenzaba en lo local– de puestos electos o designados no podría entenderse su ascenso político. La segunda enseñanza es que los liderazgos regionales como el de Méndez partían de una red política y social propia. La fuerza o debilidad de levantamientos como la Noria y Tuxtepec no sólo se debía al poderío de personalidades “nacionales” como la de Díaz. Su vigor venía, precisamente, de las alianzas o vínculos con las redes políticas y militares locales. Lo inverso también es cierto. Los poderes regionales se empoderaban o reactivaban con el respaldo nacional.
