por Roberto Emmanuel González
En julio de 1948, las calles de San Miguel de Tucumán —una de las principales ciudades del norte argentino— fueron testigo de un conflicto que trascendió lo laboral para convertirse en una batalla política y mediática sin precedentes. Los vendedores de diarios —canillitas, como se les llama en Argentina, papeleros o voceadores en México— declararon un boicot contra La Gaceta, el periódico más poderoso de la región, negándose a vender el periódico. Lo que comenzó como un reclamo por unos centavos terminó revelando las profundas tensiones entre el peronismo y sus opositores en la prensa provincial.
El gigante y el recién llegado
La Gaceta, nacida en 1912, ejercía un dominio casi total del mercado tucumano con más de 45.000 ejemplares diarios —una tirada excepcional para una provincia—. Con línea editorial liberal y republicana, se había posicionado como opositora al gobierno encabezado por Juan D. Perón. La división entre peronistas y antiperonistas atravesó cada rincón de la vida pública, incluida la esfera periodística.
En abril de 1947, el gobierno contraatacó: la Universidad Nacional de Tucumán, bajo intervención oficial, lanzó Trópico, un diario de orientación peronista diseñado para quebrar el monopolio de La Gaceta al que denominaron como «periodismo constructivo». El contraste era radical. Mientras La Gaceta alertaba sobre la «persecución a la prensa libre», Trópico defendía que, desde el golpe de Estado de 1943 que había encumbrado a Perón, se había inaugurado la auténtica libertad de expresión en Argentina.
La huelga que lo cambió todo
El 8 de julio de 1948, los canillitas iniciaron el boicot contra La Gaceta. Oficialmente, reclamaban que el diario violaba un decreto sobre márgenes de ganancia en la distribución y exigían mayor participación en los beneficios de la venta. La Gaceta señaló a la Universidad como financista de la huelga para eliminar la prensa independiente. Denunció «elementos fácilmente identificables» que intimidaban a los vendedores, una «vasta organización» que se movilizaba en «costosos medios de comunicación».
Las escenas eran dramáticas: el dueño de La Gaceta, Enrique García Hamilton, repartiendo ejemplares personalmente desde camiones; multitudes agolpándose frente a la redacción; y según Trópico, el propio García Hamilton apareció en un incidente «armado con una pistola y una cachiporra».
Trópico, por su parte, apoyó activamente la huelga. Aumentó la ganancia de los canillitas y abrió sus páginas a los comunicados del sindicato. No se trataba solo de solidaridad: era una oportunidad para desafiar al «monopolio» de La Gaceta, ese «periodismo industrial» centrado exclusivamente en el lucro.
El periodismo en disputa
El conflicto expuso dos concepciones del periodismo irreconciliables. Para La Gaceta, se trataba de defender la libertad de prensa frente al avance autoritario del Estado. Incluso apeló a los obreros peronistas, argumentando que la prensa independiente había sido aliada histórica de sus luchas.
Para Trópico, en cambio, La Gaceta representaba el viejo periodismo comercial que manipulaba noticias y publicidad para mantener su poder. Su aparición marcaba «el derrumbamiento de un mito» y el fin de una «hegemonía dictatorial sobre el pueblo».
Pero había más en juego. Desde su fundación, Trópico había enfrentado el rechazo del Círculo de la Prensa, el sindicato de periodistas dominado por trabajadores de La Gaceta. Los periodistas de Trópico jamás fueron reconocidos como «profesionales» porque figuraban como «personal civil de la nación». Argumentos legales que, según el diario universitario, escondían una oposición ideológica.
Después de la tormenta
La huelga duró 20 días y dejó cicatrices profundas. El periodismo tucumano quedó dividido: en 1949, los periodistas de Trópico, cansados del rechazo del Círculo de la Prensa, fundaron su propio sindicato. Trópico cerraría en 1950, víctima de problemas económicos y falta de apoyo gubernamental.
Este episodio revela que la relación entre peronismo y prensa fue más compleja que la simple dicotomía entre medios oficialistas y opositores. En Tucumán, las disputas laborales, profesionales y políticas se entrelazaron de formas contradictorias, desafiando las narrativas simplificadas. Los canillitas, sin saberlo, fueron protagonistas de una batalla que definía el futuro del periodismo argentino.
