Por Eugenia Molina
La problematización del espacio entendido ya no como mero escenario en el que ocurren los acontecimientos históricos, sino como factor explicativo de los procesos sociales, políticos, culturales y económicos, se ha incorporado a las investigaciones hasta convertirse en objeto de estudio en sí mismo. Se habla hoy del “giro espacial” para referir a la gran transformación en torno de este modo en que se comprende la configuración de las sociedades a través del tiempo.
Tradicionalmente se lo había concebido como una realidad natural y objetiva, con una existencia al margen de las sociedades, de sus miembros, sus relaciones, sus problemas y sus progresos. El relato del Estado-nación y su concepción como un espacio continuo y encerrado dentro de fronteras, no hizo más que consolidar la idea de un escenario sobre el que se tomaban decisiones políticas. Para la Historia el espacio era un escenario, con sus caracteres topográficos quizá, pero que se volvía un elemento fijo, estable, inmutable, que influía unilinealmente sobre la vida social, visión que se apoyaba en el viejo determinismo geográfico del siglo XVIII. No obstante, el acercamiento de los historiadores a las discusiones de la Geografía crítica permitió desde hace ya tiempo revisar las nociones vigentes y estimular nuevas formas de pensar lo espacial.
Este encuentro de la disciplina histórica con los planteos de la geográfica generó una serie de revisiones teóricas. Una primera tuvo que ver con la consideración de su carácter construido, atendiendo al modo en que las sociedades se han organizado en él, condicionadas por sus caracteres, pero, a la vez, teniendo en cuenta cómo lo han reestructurado, modificado, transformado, alterando su ecología. Esta consideración también ha integrado las representaciones e imaginarios, pues cómo los gobiernos y las sociedades conciben el espacio se relaciona con cómo lo experimentan.
Una segunda revisión tuvo que ver con el componente simbólico contenido en las nociones y acciones referidas a él. Se ha considerado que es portador de sentidos y productor/reproductor de relaciones, ideas y ordenamientos. Se ha mostrado cómo el espacio construye sentidos y crea sujetos a través de muy diversas estrategias de poder en distintos momentos históricos y tipos de sociedad.
Finalmente, una tercera revisión ha referido al carácter plural del espacio. Esto quiere decir que se ha comenzado a considerar que no constituye una extensión continua, sino que ha estado marcado por la discontinuidad, según los usos y las representaciones que las propias sociedades han generado para organizarlo, segmentarlo o jerarquizarlo.
De tal forma, el “giro espacial” ha permitido problematizar desde muy diversas aristas no solo la potencia del espacio para producir relaciones sociales, atendiendo al rol de las distancias (y por tanto de las cercanías), a la discontinuidad y al poder simbólico de la territorialidad. Y esto sin olvidarse de las materialidades y las representaciones como ingredientes de las experiencias individuales y colectivas. Ya no solo se aborda el espacio concreto conectado a lo geográfico, sino también las delineaciones de ámbitos simbólicos en el marco de los cuales se desarrollan específicas y diversas experiencias sociales.
El dossier que aquí se presenta reúne propuestas de estudio sobre diversas espacialidades conformadas en Mendoza, parte del Virreinato del Río de la Plata primero, provincia de la Argentina después, enmarcadas en un proyecto de investigación financiado por la Universidad Nacional de Cuyo, titulado “Representaciones, prácticas y experiencias sociales en sus dimensiones espaciales. Mendoza, fines del siglo XVIII al siglo XX”.

Se trata de un asunto que hoy día ha cobrado enorme importancia ¡felicidades!