Una historia política mexicana CON mujeres

Sección Especial: El 8 de marzo y la historia con mujeres

Fausta Gantús

Pocos son los estudios mexicanos que han enfocado su interés en cuestiones de la participación en la vida política local-regional-nacional de las mujeres, superando la particularidad de lo excepcional. Así, es posible encontrar trabajos que centran su interés en personas de forma individual, esto es, mujeres que destacaron y que al hacerlo se diferenciaron del conjunto. Pero lo que aquí interesa son las obras que se han preocupado por mirarlas y pensarlas como colectivos/as que actúan en la esfera pública y reclaman un lugar en la construcción de la política, y de esos hay muchos menos.

Los hay, por supuesto, ahí están, por señalar algunos –imposible todos–, el capítulo de Gabriela Cano, “Revolución, feminismo y ciudadanía en México, 1915-1940” (1993); el artículo de María José Garrido, “Entre hombres te veas: las mujeres de Pénjamo y la Revolución de Independencia” (2003). Más recientemente encontramos, “Un nuevo amor. Resentimiento y luchas por la tierra. Las viudas de La Blanquita, 1928-1935”, de Mariana Terán (2025) y “Prensa política de mujeres: la conquista de espacios públicos con la escritura”, de Guadalupe Gómez-Aguado y Laura Suárez (2025). O, si volvemos la mirada a historias de los estados, la Historia general de Veracruz, que incluye el estudio “La irrupción de las mujeres en la escena pública veracruzana, 1900-1950”, de la autoría de Fernanda Núñez Becerra (2011). 

Con riesgo de equivocarme, porque puede haber algún otro que desconozca, me parece que el primer trabajo que cobró la dimensión de un libro, centrado en estos temas es el de Carmen Ramos Escandón, Ciudadanía carente. Género y legislación en Guadalajara, 1870-1919 (de 2013). Al año siguiente (2014) Adriana Maza, Lucrecia Infante y Martha Santillán se reunieron en De liberales a liberadas. Pensamiento y movilización de las mujeres en la historia de México (1753-1975); y posteriormente (2016), las mismas autoras dieron forma a Lo personal es político. Las mujeres en la construcción del ámbito público. México, siglos XIX y XX.

Pero, me permito insistir, los estudios de mujeres y sobre mujeres en la esfera pública son escasos, cuando no marginales, y casi siempre resaltando la presencia de estas en sus títulos, como queda ejemplificado con el recuento de los párrafos anteriores. La historia política, pues, se ha escrito desde lo masculino, por un lado, y desde lo femenino, por el otro. Por ello es que considero necesario pensar, de manera urgente, en su renovación: ¿cómo podemos escribir una nueva historia política en el que las mujeres estén presentes como parte y no como excepción? Y, más en concreto, ¿cómo hacerlo para el caso de la historia política mexicana? Planteado de otra forma: es necesario escribir la historia política mexicana no de las mujeres sino con las mujeres formando parte de ella.

Algunos avances, si bien menores no por ello menos significativos, empiezan a notarse, me parece. En las últimas décadas, varias historiadoras en sus estudios, aunque sin otorgarles mayor atención, mencionan o aluden a la presencia o participación de mujeres en asuntos políticos; otras han procurado darles más centralidad, de a poco el terreno se va arando. Hay también historiadores que se han empezado a preocupar por darles a las mujeres un lugar en sus narrativas como parte sustancial de la esfera pública y las dinámicas políticas. Es imposible referenciar todos los trabajos de ese sello en este espacio, por lo que omitiré hacerlo para no dejar afuera alguno relevante. Sólo quiero dejar apuntado que los frutos empiezan a verse, si bien muy lentamente y de manera limitada.

No cabe duda de que los esfuerzos historiográficos desarrollados en más de medio siglo, que se han traducido en la generación de un amplio conjunto de obras de las más variadas cuestiones, realizadas desde los más diversos enfoques, que se reúnen bajo las etiquetas de historia de las mujeres y de historia del género, son referentes fundamentales en la toma de proscenio de esa mitad de la población casi siempre relegada a mantenerse en el foro y en ocasiones sólo entre bastidores y bambalinas, prácticamente ausente de las narrativas de la historia. Sin regatearle ni un ápice de mérito a esas corrientes historiográficas, me pregunto si no es tiempo de pasar la hoja y plantearnos nuevos desafíos, el de contar la historia en otra tesitura: el de escribir ya no una historia DE mujeres, sino una historia CON mujeres: una historia política CON mujeres.

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