Las fachadas de las Casas Chorizo en Mendoza: documentos de una época

María Laura Copia

La casa chorizo es un ícono arquitectónico que define el paisaje urbano argentino. Sin embargo, detrás de la familiaridad de sus patios y pasillos, en sus fachadas se esconde una historia de resistencia estilística, especialmente en ciudades como Mendoza. Mientras que otras ciudades argentinas abrazaron rápidamente el Art Nouveau a principios del siglo XX, las casas chorizo mendocinas se mantuvieron firmes en el lenguaje clásico del eclecticismo italianizante. Esta pervivencia no fue casualidad ni falta de recursos, sino la cristalización de factores sociales, económicos y psicológicos que definieron la identidad mendocina en ese período.

La fachada, ese lienzo hacia la calle, se convirtió en un potente vehículo de la cultura y el pensamiento de la época, particularmente en Mendoza tras la reconstrucción que siguió al devastador terremoto de 1861. Este acontecimiento no fue una nota al pie en la historia de Mendoza; fue una herida profunda que moldeó la mentalidad de sus habitantes por generaciones.

La prolongación del eclecticismo italianizante, reflejaría, en parte, una necesidad espiritual y psicológica de la población de Mendoza. ¿Qué ofrecía este estilo?

En primer lugar, los elementos del orden clásico que toma son sinónimos del orden y la razón. Si observamos las fachadas, estas se rigen por principios de simetría, proporción y jerarquía, no sólo de los elementos ornamentales sino también de los vanos y aberturas. Hay un ritmo controlado, que se repite al mismo tiempo en la sucesión de las distintas fachadas a lo largo de toda la cuadra y en el sistema de fachada- vereda- árbol- acequia- calzada. Este orden rítmico era una constante del entramado urbano. La geometría controlada, tanto en la fachada como en la ciudad, ofrecían un contrapunto visual y espiritual al recuerdo del caos del sismo.

Por otra parte, los elementos de soporte como semicolumnas, pilastras adosadas, cornisas y entablamientos se pensaron para crear una ilusión de masa constructiva, de soporte sólido. Aunque estas fueran molduras livianas, su composición visual evocaba la arquitectura de piedra, símbolo de solidez capaz de resistir el paso del tiempo y también de la naturaleza.

Por último, la elección de estos elementos ornamentales permitía a las clases trabajadoras y medias revestir sus fachadas sin incurrir en grandes gastos. La lógica constructiva de las casas chorizo dejaba la fachada como último elemento a terminar, por lo que en muchos casos los propietarios, o bien posponían las terminaciones ornamentales, o bien elegían opciones económicas.

Para los vecinos, muchos de ellos inmigrantes que se asentaban en lotes donde apenas se habían removido escombros, el lenguaje italiano era la afirmación visual de la necesidad de un orden estable. La pervivencia no fue una mera imitación, sino una síntesis coherente. Las casas chorizo mendocinas sí incorporaron elementos aislados del Art Nouveau, pero como elementos ornamentales supeditados a los elementos de apoyo del orden italianizante. Las fachadas de las casas chorizo mendocina son, por lo tanto, un testimonio arquitectónico único: no solo nos habla de la funcionalidad, sino también de la identidad cultural y la resiliencia psicológica de una sociedad marcada por la catástrofe. Es un lenguaje que eligió la estabilidad sobre el espectáculo. Como notó Le Corbusier hace casi cien años, estas casas son nuestro folklore arquitectónico. Son un documento histórico que merece ser salvado del olvido y que nos explica una parte fundamental de nuestro pasado.

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