Fernando Quesada
El 20 de noviembre de 2025 se cumplieron cincuenta años de la muerte del dictador español Francisco Franco Bahamonde. La sombra de su dictadura se proyectó en España durante casi cuarenta años. Pero su influencia también se propagó hacia América, especialmente a través del llamado soft power, es decir, el poder blando ejercido sobre sus antiguas colonias mediante la cultura, la educación y la diplomacia.
El franquismo desplegó esta estrategia con especial intensidad hacia América Latina en un contexto adverso para España: crisis económica resultado del impacto de dos posguerras (Guerra civil española y segunda posguerra), aislamiento internacional debido a su carácter “no beligerante” durante la Segunda Guerra Mundial y boicot diplomático impuesto por la ONU en 1946. España necesitaba aliados y los buscó en sus antiguas colonias, apelando al imaginario de la “Hispanidad”: lazos históricos, lengua común y religión compartida.
La institución que instrumentó el soft power franquista fue el Instituto de Cultura Hispánica. Su misión era reconstruir puentes con América Latina y proyectar una imagen renovada del régimen. Para ello, el Instituto diseñó dos dispositivos: 1-Un ambicioso programa de becas para estudiantes, profesionales e intelectuales latinoamericanos. 2-Una política editorial transnacional, con revistas como Mundo Hispánico, Cuadernos Hispanoamericanos y Correo Literario.
Entre 1948 y 1971, el programa de becas benefició a más de 3.700 latinoamericanos, siendo Argentina el país más favorecido, seguido por Brasil, Chile y México. El objetivo del programa era formar una élite intelectual y profesional afín al ideario hispanista y con posibilidades de ocupar cargos de relevancia en sus respectivos países.
El otro pilar del soft power franquista fue la diplomacia cultural a través de la prensa. La revista Mundo Hispánico, publicada entre 1948 y 1977, funcionó como escaparate ideológico y cultural de la dictadura. Con formato de magazine, buscaba llegar a públicos amplios en América Latina, ofreciendo una imagen moderna y atractiva de España, mientras promovía valores conservadores y una idea de “comunidad espiritual hispanoamericana”.
El franquismo también intentó proyectar su influencia cultural hacia Estados Unidos, aunque con resultados limitados y condicionados por el contexto internacional. Tras la Segunda Guerra Mundial, la imagen del régimen estaba lastrada por su afinidad con el Eje. En ese escenario, la acción cultural se convirtió en una herramienta para suavizar tensiones y ganar legitimidad. España promovió becas para que sus científicos y técnicos se formaran en universidades norteamericanas, organizó cursos para hispanistas y fomentó intercambios académicos, buscando mostrar afinidad ideológica en torno al anticomunismo. Sin embargo, la prioridad estadounidense era estratégica: garantizar bases militares en la península y preparar a las élites españolas para integrarse en el bloque occidental.
La experiencia del franquismo en América muestra cómo la cultura puede funcionar como una herramienta política. Las becas, publicaciones e intercambios promovidos por el Instituto de Cultura Hispánica no fueron simples iniciativas educativas, sino mecanismos para influir en ideas, crear vínculos y asegurar aliados en plena Guerra Fría. Ante su debilidad económica y militar, España recurrió a la diplomacia cultural para mantenerse visible, apoyándose en lazos históricos y religiosos, a los que articuló con el imaginario anticomunista.

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