Alicia Salmerón

Político veracruzano de origen modesto, pero hábil y audaz, Teodoro A. Dehesa trascendió el ámbito local para consolidarse como uno de los vértices de un grupo regional con peso real en el equilibrio de poder del México finisecular. El partido del Golfo, en donde convergía con otros liderazgos regionales, logró posicionarse como una tercera fuerza del porfiriato tardío, un ascenso tan sólido que proyectó a Dehesa como candidato a la vicepresidencia de la República en las críticas elecciones de 1910.
Sus primeros pasos en la política se dieron en 1871, como agente electoral de Porfirio Díaz, quien buscaba por primera vez la presidencia. En el puerto de Veracruz, un joven Teodoro de apenas 23 años –había nacido en 1848– dirigió el club político porfirista local con tal eficacia que conquistó el voto del 80% de los electores del distrito. Aunque Díaz perdió la contienda nacional ese año, aquellos comicios marcaron el origen del entramado de fuerzas políticas que gobernaría el país durante las siguientes tres décadas.
Dehesa se sumó al porfirismo como figura civilista. Para él, el acceso al poder debía darse mediante la vía electoral. Esta postura provocó fricciones que dividieron al partido local frente al pronunciamiento militar encabezado por Porfirio Díaz y abanderado por el Plan de Tuxtepec en 1876. Al triunfar la rebelión armada, los partidarios de Díaz que se mantuvieron al margen de la lucha, como Dehesa, fueron relegados bajo sospecha de deslealtad. No obstante, el veracruzano halló su lugar en el nuevo régimen: primero como vista de la aduana marítima de Veracruz –la más importante, ya que generaba la mitad de los ingresos federales– y luego como su director por siete años.
Desde esa estratégica posición, Dehesa fue considerado para integrarse al gabinete de Díaz. Su nombre circuló en 1891 para ocupar la Secretaría de Hacienda. Contaba con el respaldo del influyente secretario de Justicia, el campechano Joaquín Baranda; sin embargo, la propuesta de José Yves Limantour, con apoyos más poderosos, prevaleció. No obstante, Dehesa, para entonces un político sagaz, jugaba en más de una pista: aspiraba al gabinete, pero también al mando de su estado. La fallida apuesta por Hacienda, sumada al repentino fallecimiento del mandatario veracruzano Juan de la Luz Enríquez, lo catapultó a la gubernatura en 1892, donde permanecería hasta la caída del régimen en 1911.
Sus 19 años al frente de Veracruz fueron de crecimiento económico y estabilidad. Dehesa tejió sólidas redes de apoyo, tanto al interior del estado como hacia afuera, que explican su larga permanencia. Se alió con comerciantes, hacendados e industriales de las distintas regiones veracruzanas; asimismo, con Joaquín Baranda forjó un frente que sustentó al partido del Golfo, capaz de terciar frente a las otras grandes facciones porfiristas que, hacia las últimas décadas del siglo XIX, se disputaban el poder: los “científicos” –grupo al que pertenecía Limantour– y los seguidores del gobernador norteño Bernardo Reyes.
Hacia 1900, la reelección de Díaz como garantía de estabilidad se debilitaba. Con 70 años a cuestas, su longevidad avivaba la competencia sucesoria. La creación de la vicepresidencia en 1904, ocupada por Ramón Corral –figura ligada a los «científicos»–, aplacó apenas las tensiones que terminarían por estallar. Para 1910, el sistema estaba anquilosado y enfrentaba nuevas fuerzas sociales que demandaban una apertura real. En esa coyuntura, la fórmula Díaz-Dehesa surgió como una alternativa de equilibrio frente a la continuidad de Corral; pudo haber representado un cambio de facción, mas no la democratización exigida. La propuesta no prosperó y, tras unos comicios viciados, estalló la revolución. Dehesa renunció al gobierno de Veracruz casi a la par de Díaz y partió al exilio. Regresaría a México ya con la revolución triunfante, para fallecer en 1936.
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