¿Cómo recuperar las emociones de la clase trabajadora? Una aproximación al mundo obrero azucarero del norte argentino

por Florencia Gutiérrez

Hace un par de años, cuando me invitaron a reflexionar sobre las emociones de los obreros azucareros del norte de Argentina pensé que era un problema inviable. Supuse que los documentos que conocía no me permitirían avanzar por esa senda de investigación. Sin embargo, superado el desánimo volví a las fuentes y, para mi sorpresa, las nuevas preguntas fueron encontrando algunas respuestas.

Empecé por releer el petitorio que, en septiembre de 1944, los obreros azucareros recientemente sindicalizados le enviaron al Secretario de Trabajo y Previsión de la nación, Juan Domingo Perón. A través de él expresaron “el estado de intranquilidad” vivido por los trabajadores agroindustriales, zozobra que respondía a “las injusticias cometidas fríamente, calculadamente” por los administradores de los ingenios, las que eran perpetradas “con un absoluto desprecio por la vida humana”. A modo de ejemplo, recuperaron un episodio protagonizado por un grupo de mujeres quienes, con sus hijos en brazos, esperaban la copa de leche que diariamente suministraba la patronal pero “ante los ojos atónitos de esas madres doloridas” el administrador ordenó su derrame. Para los obreros, este acto demostraba el “trato desconsiderado” al que eran sometidos ellos y sus familias. Entonces, por sus hijos, por “el dolor de miles de madres angustiadas por la miseria que sufren sus hogares” y por la “desesperación” que, como padres, les causaba esa situación solicitaban que sus demandas fueran consideradas con justicia por el funcionario estatal.

Ese documento, que tantas veces había consultado, me brindó los primeros indicios para analizar el problema de las emociones como parte constitutiva de la experiencia de los trabajadores. Es más, se convirtió en una ventana para explorar qué emociones recuperaron los obreros en sus demandas (el dolor y la zozobra), cómo esas emociones los vincularon y distinguieron colectivamente (la desolación y la desesperación) y cómo mediaron en los vínculos laborales, especialmente con el personal jerárquico (la humillación y, su contraparte, el resentimiento). Así, empecé a pensar que una comunidad laboral también podía ser analizada como una comunidad emocional, ruta exploratoria donde las emociones debían incorporarse como una dimensión de la experiencia de clase pero también de las cuestiones de género. Entonces, ¿cómo podía repensar los petitorios y huelgas declarados por los obreros para denunciar los insultos y maltratos recibidos por el personal jerárquico de los ingenios? ¿De qué forma en espacios fabriles eminentemente masculinos y asimétricos –como el azucarero– el “trato desconsiderado” era una forma de humillación a través de la cual muchos administradores reafirmaban su poder de clase y masculinidad? También advertí que el petitorio recuperaba el dolor y la desesperación generada por el desprecio hacia las mujeres e hijos de los trabajadores. Así, el derrame de la copa de leche expresaba cómo ciertos administradores podían esgrimir su poder sobre la familia obrera, al tiempo que  evidenciaba la vulnerabilidad del hogar proletario y la dificultad del “varón proveedor” para defenderlo, mucho más cuando la sindicalización y la intervención estatal eran una quimera y el despido una certera posibilidad.

Las emociones que me permitió recuperar este primer pliego sindical también fueron un disparador para reflexionar sobre el estado peronista y cómo la batería de tangibles derechos socio-laborales que impulsó se conjugó con una transformación de la subjetividad obrera. Como lo señaló el historiador inglés Daniel James, el peronismo promovió la recuperación del orgullo y la dignidad de la clase trabajadora y alentó una serie de cuestionamientos vinculados a las relaciones sociales y las formas de deferencia. Las denuncias obreras por los “tratos desconsiderados e inhumanos” formaron parte de esa transformación y constituyen un puente para reponer el problema de las emociones.

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