De migraciones y emociones: una revalorización de los diarios personales

por Vanesa Teitelbaum

Como es sabido, con el estallido de la Segunda Guerra mundial y la expansión del nacional socialismo en Europa miles de hombres y mujeres buscaron refugio en diversas y lejanas latitudes geográficas. Sin embargo, esta no fue una empresa fácil en un contexto signado por el desenlace del conflicto bélico y el avance del terror nazi. Además, desde mediados de los años 1930 numerosos Estados, entre los que se encontraban Estados Unidos y varios países de América Latina, endurecieron sus requisitos en materia de política migratoria.

Para estudiar este proceso, en el cual se enmarcaron las historias de los refugiados judíos que llegaron a la Argentina entre fines de la década de 1930 y comienzos de la siguiente, un enfoque especialmente valioso es la historia de las emociones. ¿Por qué? En principio, porque se trata de una perspectiva que sitúa en primer plano los sentimientos, los afectos y las sensibilidades propios de la condición y la experiencia humana. De esta forma, la historia de las emociones se vislumbra como una óptica particularmente útil para detectar los detalles más pequeños de la vida de los actores sociales, indagar sus subjetividades y, por esa vía, contribuir a una mejor comprensión de la Shoá, es decir “la catástrofe”, traducción de este término en hebreo empleado para denominar la destrucción de los judíos en Europa por los nazis, discutiendo así la forma tradicional de llamar a este acontecimiento como Holocausto, cuyo significado es sacrificio por el fuego.

 Estrechamente relacionado con lo anterior, adquieren especial relevancia los diarios personales (en general, pequeñas libretas y cuadernos donde hombres y mujeres escribían sus vivencias, expresaban sus percepciones y volcaban sus angustias y anhelos), fuentes utilizadas ampliamente por los estudiosos de la Shoá pero a las cuales se podría volver con otras preocupaciones e interrogantes. Por ejemplo, el valor y el significado (cambiante) atribuido a los objetos personales que llevaron en su migración niños, jóvenes y adultos, el dolor ante la separación con los familiares -agravado cuando se difundieron las noticias acerca del desenlace trágico de muchos de ellos en la Shoá- e incluso la esperanza que suponía arribar a nueva tierra, lejos del horror y la barbarie que desangraba a Europa son algunas de las dimensiones posibles que podemos analizar desde la historia de las emociones.  

En mi caso, la entrada al mundo de las emociones fue a través de la inmigración judía a la norteña provincia argentina de Tucumán y el desafío o reto más importante es vincular las emociones y sentimientos de los exiliados y exiliadas con sus prácticas y discursos. Una apuesta donde los afectos y sensibilidades se analizan como una dimensión de la experiencia social. Así, el estudio de las emociones resulta estimulante para repensar, por ejemplo, el campo de los estudios migratorios -terreno de análisis fértil en la historiografía argentina-, el de los estudios judíos (cuya renovación temática y de perspectivas en América Latina es muy importante) y, finalmente, las nuevas investigaciones sobre la Shoá. Desde estas perspectivas y tradiciones historiográficas diversas pero al mismo tiempo complementarias, podemos analizar la narrativa personal plasmada en memorias, autobiografías y diarios con el fin de bucear en las experiencias de quienes fueron víctimas, sobrevivientes y testigos de unos de los acontecimientos más dramáticos del siglo XX, como fueron la Segunda Guerra Mundial y el exterminio que implicó la Shoá.

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