El consumo femenino de pulque en la ciudad de México a principios del siglo XX

por Ana María Rojas Mellado

Los procesos judiciales son una ventana que nos permiten conocer detalles sobre la vida cotidiana del ayer; qué sentían, decían, pensaban, vestían y hasta qué comían las personas en otro tiempo, tal como atestiguan algunos de los expedientes de mujeres de la ciudad de México, procesadas por el delito de adulterio a principios del siglo XX. 

En el mes de noviembre de 1901, Aurelia fue llevada a la comisaría. Su esposo, Fernando la había acusado del delito de adulterio pues tenía sospechas sobre su conducta después de haberla visto bebiendo en una pulquería en compañía de otro hombre llamado Sixto. En 1911, Dolores vivió una historia similar: su esposo la acusaba de adulterio ya que se la pasaba brindando y bebiendo en la pulquería de Javier Villaurrutia. La suerte de Pilar, en 1906, no fue muy distinta: luego de que Agapito, un amigo de su esposo, se presentara en su casa con sardinas y pulque y los consumieran, ella se sintió trastornada y no pudo recordar qué pasó después, el marido también la presentó ante la autoridad pues su actuar levantaba sospechas de una infidelidad, por el hecho de haber consumido dicha bebida.

En los albores del XX, el consumo de pulque era una preocupación que compartían los maridos de las mujeres capitalinas con las autoridades y especialistas que consideraban problemática la embriaguez al ver en ella las causas de la degradación de los individuos, sobre todo de aquellos que pertenecían a las clases populares. 

Cassasola, “Hombre con su mujer a la salida de una pulquería” , Distrito Federal, c. 1905, INAH

No obstante los factores negativos que se veían en la bebida, el pulque era entonces un producto ampliamente consumido pues el ferrocarril había facilitado desde años previos su distribución en la cuenca del valle de México, de ahí que también las pulquerías hubieran aumentado en número en la capital y fueran sitios comunes de sociabilidad, tal como señalan las investigaciones de Pablo Piccato y Diego Pulido.

La proliferación de espacios para la venta de alcohol alertó a las autoridades, que consideraron necesario emitir reglamentos para regular y vigilar estos espacios. Se tomaron medias: solicitar que estos lugares tuvieran vidrios opacos o persianas para impedir que las cosas que pasaban dentro fueran observadas desde afuera, para evitar el vicio y la inmoralidad. 

El problema de que las mujeres frecuentaran y consumieran pulque en los establecimientos dedicados a su venta tenía que ver con que se trataba de un momento en el que las esferas pública y privada estaban estrechamente ligadas, idealmente, a lo masculino y femenino respectivamente. Por ello es que una mujer que frecuentaba espacios como eran las pulquerías despertaba sospechas respecto a su comportamiento. La embriaguez femenina podría llevar a las mujeres a trasgredir la moral sexual fijada para ellas. Sin embargo, la realidad de muchas mujeres capitalinas, a veces orilladas por la necesidad económica o por la violencia que vivían al interior de sus familias, las obligaba a abandonar la esfera doméstica para salir a trabajar y tener algún sustento, encontrando en las pulquerías oportunidades para emplearse y además, consumir el blanco néctar.

Pensar en el consumo de algunos productos va más allá del dato curioso pues nos deja entender cuestiones sociales más profundas, incluida la manera en la que se reproducen estereotipos de género a lo largo del tiempo. El estigma que en nuestros días pesa sobre una mujer que consume bebidas embriagantes no ha desaparecido por completo. Es cierto que el abuso del alcohol afecta por igual a todos los seres humanos, sin embargo, intentar suprimir prejuicios de género sobre su consumo, podría ayudar a tener consumos más responsables.

Un comentario

  1. Interesante, tal vez faltó comentar que las pulquerías tenían un “departamento de mujeres” que era un pequeño apartado, en el cual solamente se les atendía a ellas.
    Les cuento. Hace unos meses fui a comprar pulque a “La Paloma Azul”, mi esposa nunca había entrado a una “pulcata”, así que iba con cierta expectación. Al entrar descubrimos, primero que la música era “metalera” lo que contrastaba con mis recuerdos ” Sombras nada más, entre tu amor y mi amor”, lo siguiente que vimos es que había muchos jóvenes departiendo alegremente, incluso una mesa con puras chavas, también había algunos parroquianos a los que se les notaban una trayectoria pulquera de varias décadas, en fin después de comprar dos litro de curado de jitomate, a ese que se le pone limón y chile piquín, (del que como dice el de los elotes: “del que no pica”) constatamos que la pulquería vuelve a ser un centro de convivencia y ahora es inclusivo, intergeneracional, multigénero y demás conquistas cuyas características les contaré en otra ocasión.

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