La paradoja de las empleadas de escritorio

El trabajo femenino en el sector burocrático (1910-1950)

por Graciela Queirolo

@gaqueirolo 

En la década de 1940, en la ciudad de Buenos Aires, aunque también en otros centros urbanos de la Argentina, una mujer podía postularse para ocupar empleos administrativos como estos:

Diario La Prensa, 15 de abril de 1941

Para emplearse como dactilógrafa o secretaria, los avisos exigían ciertos requisitos. Por un lado, las destrezas técnicas como mecanografía, así como también taquigrafía, redacción comercial, nociones de contabilidad y teneduría de libros, conocimientos de idiomas extranjeros -todos incluidos en la expresión “práctica de escritorio”-. Por otro lado, la “buena presencia”, un vestir elegante que incluía blusas y faldas, medias y zapatos, maquillaje y cabellos arreglados, pero considerablemente discreto para evitar “ligerezas” de índole sexual.

Los saberes comerciales se adquirieron a partir de la alfabetización que garantizaba la educación primaria, en instituciones de educación informal entre las que se destacó Academias Pitman. Gracias a sus saberes mercantiles, las empleadas de escritorio ganaron salarios relativamente más elevados que los que podían obtener otras trabajadoras. Asimismo, pudieron aspirar a una movilidad ocupacional ascendente dentro de una misma empresa o en otras firmas: de dactilógrafa a secretaria. Sus niveles salariales, combinados con el contacto con la alfabetización y el uso de aparatos modernos como la máquina de escribir junto con la apariencia elegante jerarquizaron estas ocupaciones y les otorgaron importantes cuotas de prestigio social.

Sin embargo, las empleadas de escritorio también padecieron la inequidad laboral ya sea porque sus ocupaciones recibieron salarios menores que los de las ocupaciones desempeñadas por varones, ya sea porque sus carreras finalizaron en posiciones más bajas respecto de los varones. De esta manera, las ocupaciones administrativas dieron vida a la “paradoja de la empleada”: los beneficios distintivos fueron opacados por la inequidad laboral mientras la inequidad laboral se amortiguó por los beneficios.

La “paradoja de la empleada” fue producto de una división sexual del trabajo que como demostraron diferentes interpretaciones feministas promovió relaciones de poder que subordinaron a las mujeres. Según el imaginario social, las mujeres eran por su condición biológica portadoras de una identidad maternal que las ubicaba en el espacio doméstico como responsables de todos sus quehaceres, mientras los varones fueron los proveedores materiales. Sólo excepcionalmente las mujeres participarían en el mercado laboral, es decir, debido a una imperiosa necesidad material o bien durante un período de sus vidas. Sus salarios se calcularon como un complemento para la economía familiar, por lo tanto, fueron más reducidos.

La similitud del hacer burocrático con las gestiones y los quehaceres domésticos convirtieron a las ocupaciones señaladas en “trabajos de mujer”: “sencillos” y “fáciles”, según proponían los avisos citados. En los escritorios, las empleadas desplegaron su naturaleza femenina, idea que restó peso a su proceso de profesionalización y avivó la paradoja.

Finalmente, la legislación, el sistema educativo, las organizaciones sindicales y el campo cultural intervinieron en la construcción social de la identidad maternal de las mujeres y la consiguiente excepcionalidad del trabajo femenino asalariado contraparte de la invisibilidad del trabajo doméstico.

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