De difusores y especialistas

por Emiliano Canto Mayén

Como las intenciones, hay hombres buenos y malos en sus ideas y oficios. Algunos viciosos premeditan sus fechorías mientras que los más las infringen como el joven Werther, aplastando sin cuitas a las hormigas que tienen la desgracia de atravesarse en su camino. Por mi parte, en el limitado campo de acción que conozco, el de la historia o, mejor escrito, en el de la investigación de los acaecidos y sucesos de la humanidad, hay tanto divulgadores como profesionales tan buenos como un vino añejo y tan malos como el vinagre servido a Cristo en la cruz.

Identificarlos es relativamente sencillo cuando se gana experiencia en los pasillos y anaqueles propios de este trajín intelectual. Tanto en los profesionales como en los amateurs poca virtud y talento hay en quien habla más y mejor de lo que escribe. Los divulgadores -que se me perdone el prejuicio- son pésimos cuando, desde un principio, usurpan una profesión registrada con todas las de la ley por el departamento correspondiente de la Secretaría de Educación Pública y, lo anterior, por pura honestidad ya que una tira de materias aprobada y una cédula con su pergamino distan de garantizar algo más que una serie exitosa de trámites administrativos. Un difusor de la historia, en cualquier ámbito, esfera o alcance que se presente a sí mismo como algo que no es y sugiera una carrera de que carece, muy poca fiabilidad tendrá en el resto de sus afirmaciones en una labor donde lo verídico y fidedigno es un asunto tan necesario como vital.

De los que cursaron asignaturas y sufrieron de los humores, ínfulas y sopores propios de las aulas universitarias, podría escribir un tratado enciclopédico, pero, por ahora, me limito a indicar que se debe huir de fatuos que se creen tallados a mano y en fino marfil. Aquellos profesionistas son los que ocultan los libros en las bibliotecas, creen que los documentos resguardados en los archivos públicos les pertenecen solo a ellos y, con tal de que nadie sepa qué lee o hace actúan con mayor sigilo que Mazarino o Richelieu en una novela de Dumas.

En contraparte, los divulgadores excelentes son aquellos charlistas amenos y agradables en cuyas pupilas brilla siempre un entusiasmo y curiosidad inagotable. Apoyan siempre y jamás inventan calumnias para saciar el morbo vulgar de quienes quieren consumir chismes de alcoba. En otras palabras, quien difunde con inteligencia, seriedad y buen gusto es una mujer u hombre comprometido con el criterio del fluctuante colectivo que es la ciudadanía.

En el otro extremo, los profesionistas titulados en cualquiera de las ramas de la historia alcanzan la excelencia cuando investigan con ética, escriben con claridad y constancia y enseñan con pasión.

Cabe destacar que, al entablarse un diálogo entre cronistas, difusores e investigadores donde ambas partes reconocen que el derecho a la información veraz es requisito imprescindible para elevar el intelecto ciudadano, se promueve una retroalimentación que enriquece ambos campos. En fin, aunque hay que darle al César lo que es del César y pedir peras al peral, las más sólidas estructuras se edifican con las aleaciones más firmes.

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