¿Qué nos dicen los crímenes de mujeres comunes?

por Martha Santillán Esqueda

El lunes 26 de agosto de 1940, pasaban de las 11 de la noche en la Ciudad de México cuando Carmen Mejía llegó a su casa cargando una pesada caja. Su madre abrió la puerta, y le dio 40 pesos “para que se ayudara con algo”. “¿De dónde lo sacaste?”, la inquirió. “Me lo prestaron”, contestó y se fue a dormir.

Al día siguiente El Universal notificaba: “Atroz crimen… aparece mezclada en el drama misteriosa mujer. 12 mil pesos es el botín del robo…”. Para el jueves, El Nacional aseguraba: “la policía tiene ya todos los hilos del asesinato del Káiser. De un momento a otro caerá la mujer responsable”. Un asalto sangriento de tal magnitud generó, además de la extensa cobertura periodística, un gran despliegue policíaco.

Archivo General de la Nación, Fondo Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal, Carmen Mejía, Homicidio y robo, 19 de febrero de 1941, ah-1, caja 3285, folio 60194.

La presión, el miedo y la necesidad de aclarar lo sucedido llevó a Carmen a entregarse. Ella insistía en que José García, el taxista que la llevó a su casa con la pesada caja que sacó de la cantina propiedad de El Káiser, fue quien lo mató a tubazos. Pero el comandante de la Policía Judicial, Crispín De Aguilar, nunca le creyó, por lo que la sometió “a nuevos y variados interrogatorios enérgicos y consecutivos” valiéndose, informó, de “nuevos sistemas persuasivos” hasta que ella reconoció ser la autora del asalto mortal. Ya en calidad de presunta culpable, le aseguró al juez que fue obligada a inculparse. Relató que la desnudaron, la insultaron, la golpearon y la colgaron de los pies.

El proceso penal de Carmen evidencia dos temas fundamentales. El primero: la raigambre de un sistema judicial mexicano corrupto en el que, sin mucho reparo, se podían violar los derechos de los arrestados. Había aprehensiones ilegales y “alargamiento de plazos de la detención, incomunicación y utilización de violencias” para arrancar confesiones, señala la historiadora de la justicia mexicana Elisa Speckman.

Archivo General de la Nación, Fondo Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal, Carmen Mejía, Homicidio y robo, 19 de febrero de 1941, ah-1, caja 3285, folio 60194

La tortura, aunque no legal, estaba bastante normalizada. Pablo Piccato, estudioso de la historia del crimen en México, cuenta que los detenidos podían ser colgados de los pies, los pulgares, las axilas, las rodillas o las muñecas; recibían golpes o quemaduras; los sumergían en agua (“pocito”); les infiltraban agua carbonatada con chile en las fosas nasales (“tehuacanazo”); los privaban de comida o del sueño manteniéndoles en cuartos inundados; les daban disparos simulados; ya en los años setenta se hablaba de choques eléctricos.

El segundo: la existencia de una tensión relacionada con la reputación sexual de Carmen. Como muchos otros casos, su desenlace no sólo se vincula al delito cometido, sino al estilo de vida de la acusada; despertaban mayor simpatía quienes antes de delinquir se ajustaban a las pautas sociales y morales ideales para el sexo femenino.

La conducta de Carmen dejaba mucho que desear: salía de casa sin avisar, se iba por temporadas largas, andaba sola de noche en la calle, paseaba en automóvil con hombres desconocidos, era altanera con su madre y aparentemente no era virgen (el mago Alberto García, con quien trabajaba, aseguró que habían tenido encuentros sexuales casuales).

“Carmen Mejía Sánchez narra cínicamente…”, La Prensa, México, 5 septiembre 1940, p.4.

En aquellos años, había dos representaciones típicas de mujeres: las buenas (virtuosas) o las malas (pecadoras). Los periódicos caracterizaron a Carmen como una mujer fatal revestida de refinamiento, belleza y crueldad. Esta figura exitosamente promovida por el cine, y encarnada por María Félix, era sinónimo de una “mujer sin alma”, “devoradora” o “vampiresa” pues se definía por su capacidad para destruir a los hombres.

Tras un amparo, Carmen logró reducir una sentencia alta de 20 a 13 años de prisión. Este relato de vida devela un caso judicial lleno de intrigas, corrupción y violencia con rasgos discriminatorios de género, todo ello aún visible en la segunda década del siglo XXI.

Si alguien desea saber más sobre la historia del delito femenino puede consultar el recien publicado libro Mujeres criminales. Entre la ley y la justicia.

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