¿Por qué las emociones? Otra dimensión humana a historiar

por Estela Roselló Soberón

En las últimas décadas, la historia cultural ha insistido en la importancia de reparar y reconstruir el universo sensible de las sociedades en el pasado. La experiencia emocional de los hombres y las mujeres que nos antecedieron en el tiempo dice mucho de quiénes hemos sido y de cómo hemos otorgado significado a la vida. En distintas épocas, las sociedades, los grupos humanos, los distintos sectores sociales, las comunidades étnicas o genéricas han percibido la existencia a partir de sensaciones y emociones orientadoras de sus conductas, hábitos, formas de relación y lenguajes corporales en la vida cotidiana. 

            Historiadores como Barbara Rosenwein, William Reddy, Peter y Carol Stearns o Monique Sheer, por mencionar solo algunos de los pioneros en explorar esta perspectiva historiográfica, han dedicado sus investigaciones a explicar cómo las emociones siempre son construcciones históricas, sociales y culturales, y no experiencias naturales, universales ni inmutables. A lo largo del tiempo y en diferentes geografías, la tristeza, la felicidad, el miedo o la culpa, por ejemplo, se han experimentado de manera muy distinta y han cobrado diferente sentido a partir del universo de valores, ideas, creencias, representaciones simbólicas con los que ciertos grupos o comunidades experimentan, entienden y traducen la realidad.

            Entre las preocupaciones de la historia de las emociones se encuentra el interés en reconstruir la experiencia más íntima y secreta de los sujetos; esa dimensión de la vida humana que se vive y se expresa en los espacios físicos y psicológicos más recónditos del ser humano. En las páginas de esta historia aparecen lo mismo los anhelos y deseos de mujeres de la Nueva España en sus alcobas, que las preocupaciones y temores de clase de los obreros ingleses en las fábricas del siglo XIX.  La manera en que ambas “comunidades emocionales”, por usar el término acuñado por la historiadora Barbara Rosenwien, cifraron su existencia dependió de una forma compartida de sentir, y por lo tanto, de interpretar y traducir aquello que ocurría en su vida cotidiana.  Así, por ejemplo, mientras que alguna de aquellas mujeres novohispanas, imbuida de la cultura católica de su época, habría sentido enorme culpa ante el deseo de conseguir el amor carnal de un amante clandestino, el obrero inglés habría podido experimentar fuertes sentimientos de impotencia y opresión que se llenaban de significados particulares a partir de las injusticias tan presentes en el sistema capitalista de aquella época.

            Ahora bien, la historia de las emociones también está interesada en comprender la manera en que la experiencia emocional e íntima de los sujetos genera vínculos, formas de solidaridad, empatía e incluso identidades. Es decir, que la historia de los universos sensibles no elude la dimensión de la vida colectiva y en sociedad. Por el contrario, esta corriente historiográfica explica cómo la experiencia emocional es resultado, siempre, de la intersección entre el individuo y su cultura por lo que hacer historia de esta dimensión de la vida humana permite comprender mejor las condiciones de posibilidad que han tenido los sujetos para actuar y decidir en un contexto social y cultural específico.

            Hoy, los seres humanos hemos estado expuestos a fuertes cargas de dolor, tristeza, incertidumbre, soledad y confusión; hacer historia de las emociones puede dar pistas e indicios muy interesantes para comprender cómo nuestros antepasados tuvieron la capacidad para salir adelante, reinventarse y volver a creer en la posibilidad de construir un mundo mejor. No debemos olvidar que, después de la gran epidemia de peste negra del siglo XIV, el Renacimiento floreció en todo su esplendor.

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