La historia y sus ficciones (III). ¿Es el historiador «narrador»?

por Joaquín E. Espinosa Aguirre

Concluyo con lo planteado en las dos partes anteriores. Considero que no podemos seguir partiendo de que la ficción es imaginación (literatura) y la historia es realidad (verdad), pues ni ésta es algo dado por sí mismo, que puede alcanzarse con sólo alargar la mano y asirla fuertemente, ni aquélla es un invento que parte de la nada, que arranca desde cero. Como si el historiador fuera un ente desligado y superior que puede desentenderse de su propia humanidad y ver las cosas desde la distancia; o como si el literato no estuviera inmerso en una realidad (ésta sí dada) a la que se mimetiza, y partiera de la nada para confeccionar su narración de un entorno desconocido, lo cual haría que a su vez ese relato fuera tan ajeno que no pudiera tener una significación para ninguna persona. Hay que entender que la literatura juega y prefigura una realidad, en tanto que la historia es la representación de ella, pero nada más.

No es casual que Clío estuviera considerada como una de las musas clásicas, hermana de Talía y Melpómene, representantes de la tragedia y la comedia, que daban cuenta de relatos que hablaban del objeto principal y único por excelencia de la historia: el ser humano. Del mismo modo era cercana a Polimuia, la que se manifestaba en los líricos, quienes deleitaban con su poesía, hablando nuevamente de personas, de esas de carne y hueso, con toda su imperfección humana; y finalmente está Calíope, musa de la elocuencia, aquella que envolvía por medio de las palabras. Pero luego llegó la ruptura, ese divorcio que alejó a estas musas de la bienintencionada Clío, la cual tuvo que separarse de su lírica, de su poética y quedarse únicamente con la retórica. Sería momento de reconciliarlas. No puede ya verse a la historia como una simple concatenación de acontecimientos, encuadrada en una lista cronológica y sumaria, donde se consideran todos los hechos, sin un procesamiento de ellos, cual si fuéramos el Funes Memorioso del cuento de Borges.  

Es decir, que no puede tomarse la narrativa como únicamente el artefacto para transcribir los resultados de una investigación, desligada del todo al proceso, como el papel fotográfico es a la fotografía, o como el mármol a la escultura. Por el contrario, la manera de construir un relato no es sino el fundamental momento de traducir todo el proceso de investigación, ordenando y volviendo coherente lo que quizás no siempre fue así; dando un sentido claro y lógico a cada una de las etapas, denotando la experiencia obtenida a lo largo de ellas para poder llegar a una conclusión, y con ello descartando la sensación de que el resultado fue algo espontáneo, sin desviaciones ni problemáticas que pudieron ser o no superadas, pero que en última instancia aportaron y fueron parte del producto final, que lo enriquecieron y encaminaron. La forma no debe determinarse por el público al que se dirige un trabajo, sino que debería ser una de las etapas clave de la investigación que lo precedió, hablándoles con la mayor claridad posible (y por qué no con un toque de elocuencia) tanto a tirios como troyanos, siendo entendible para el aficionado y satisfaciendo al especialista; un trabajo que cada investigador pueda dar a leer a sus padres, hermanas, hijos o nietas, tal como la Ética para Amador de Savater.

El historiador, el científico social, y todo especialista de alguna disciplina, debe entender que el proceso final, ineludible de sus investigaciones, deberá pasar en última instancia por un proceso de verbalización (tan denostado y obviado), pues de otro modo sería imposible comunicarlas a otras personas. Así de importante es el proceso. Tanto, que si se ejecuta de una manera descuidada, el mensaje corre el peligro de emitirse erradamente, confundiendo y desinteresando al colega, al recién iniciado y sobre todo al que está indiferente ante la materia, sobre todo si es un estudiante de bachillerato o de educación básica. Por eso es que la mejor manera de interesar es expresarse bien; por medio de la palabra hablada o de la escrita. Por medio de un producto que sirva lo mismo para difundir que para divulgar; sí para explicar, pero sobre todo para interesar, pues como defendía Collingwood, el historiador debe ser narrador antes que otra cosa, y ¿por qué no tratar de ser uno bueno?

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