El Imperio de los Guggenheim a 40 años de su publicación

Primera parte

por Gerardo Martínez Delgado y Francisco Javier Delgado Aguilar

En los primeros meses de 1983, hace justo 40 años, la Secretaría de Educación Pública y el Fondo de Cultura Económica, publicaron en su prestigiada colección de libros de bolsillo (conocida como SEP/80) la obra Aguascalientes: imperio de los Guggenheim, escrita por Jesús Gómez Serrano, con la colaboración de Enrique Rodríguez Varela. Jesús Gómez Serrano, su autor principal, no había cumplido entonces 25 años, y Enrique Rodríguez Varela, que colaboró en la investigación y en la redacción de dos capítulos, tenía 27. No es, como podría pensarse, una primera exploración ni una aproximación de dos estudiantes inexpertos, sino un fruto intelectual maduro que en muchas de sus partes se sostiene cuatro décadas después.

El Imperio de los Guggenheim fue un parteaguas en la forma de hacer y escribir historia regional en Aguascalientes. Hasta su publicación, la literatura histórica dominante en Aguascalientes y otras partes del país estaba anclada en la nostalgia, la crónica y la recopilación de documentos históricos. Para el caso de Aguascalientes, una notable excepción era La destrucción de la hacienda en Aguascalientes, 1910-1931, de la autoría de Beatriz Rojas y publicada en 1981 por El Colegio de Michoacán.

Jesús Gómez y Enrique Rodríguez profundizaron en el camino que anunciaba Beatriz Rojas y aplicaron de forma crítica y escrupulosa las reglas básicas del método histórico: el planteamiento de una pregunta de investigación, la búsqueda y la crítica de fuentes documentales y la contextualización de un problema regional en el marco general de la historia nacional y mundial. Tanto o más importante es que en su confección, originalmente como tesis de grado, se tomó distancia de los rígidos esquemas que prevalecían y prevalecen en la manera de resolver y exponer los problemas que se estudian. No hay aquí largas disquisiciones teóricas, comprendidas a medias, que se abandonan al llegar al caso de estudio, cuando las páginas y el aliento se agotan.

Para ponderar este logro, se debe recordar que a principios de los ochenta el contexto académico e intelectual era radicalmente distinto al actual. La Universidad Autónoma de Aguascalientes no había cumplido su primera década de existencia, la carrera de Historia no se había fundado, y sus autores eran integrantes de la primera generación de la Licenciatura en Sociología.

El libro por sí solo, pero también la labor desplegada por el autor y por muchos otros junto con él, es representativo de una cierta manera de hacer historia y de una época en que la práctica historiográfica en México cambió radicalmente. Es cierto que en las últimas cuatro o cinco décadas la historia y las ciencias sociales se han visto beneficiadas por la pluralidad de las corrientes e influencias, que se han construido numerosas instituciones, y que los resultados son ahora ricos y variados, pero acaso una parte de las lecciones esenciales se habían sentado en 1980 y están presentes en el libro. Por una parte, el trabajo con archivos locales (en aquel entonces, los expedientes y periódicos históricos se encontraban dispersos entre el Archivo General del Estado y la Hemeroteca y Biblioteca del Museo de la Ciudad de Aguascalientes) y la búsqueda exhaustiva en hemerotecas, bibliotecas y archivos nacionales (como el Archivo General de la Nación, el Archivo Histórico de Comunicaciones y Transportes y la Biblioteca Central de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público). Por otro lado, la crítica de fuentes, el rigor, la disciplina, el análisis como objetivo más que la descripción.

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