Masacre en Aguanueva

Invasión, impunidad y guerrilla al sur de Saltillo

por Gilberto Sebastián Sánchez Luna

Aguanueva, al sur de Saltillo, era una de las haciendas que integraban el latifundio de la familia Sánchez Navarro que, en enero de 1847, fue escenario de uno de los actos de violencia colectiva hacia una población civil desarmada en la guerra México-Estados Unidos.  Un grupo de trabajadores de la hacienda, en su mayoría labradores, fue asesinado por soldados norteamericanos que buscaban venganza, por la muerte de uno de sus compañeros.

La División Central del ejército norteamericano bajo el mando del general John E. Wool que ocupó Aguanueva, estaba integrada por el regimiento de infantería de Illinois, el regimiento montado de voluntarios de Arkansas, además de compañías independientes de Kentucky, Texas y varias unidades regulares de infantería, caballería y artillería. Mientras los Sánchez Navarro hacían negocios con el general Zachary Taylor para obtener carne y cereales, entre los labradores de las haciendas y los miembros del ejército norteamericano empezó a surgir una serie de conflictos que se convirtieron en actos de violencia y guerrilla para resistir la ocupación. Al temor ocasionado por la presencia de los invasores, se agregó el causado por los rumores de la cercanía del ejército mexicano a cargo del general Antonio López de Santa Anna que venía en camino.

A principios de febrero de 1847, el general Zachary Taylor ubicó sus tropas en la hacienda de Aguanueva en espera del ejército mexicano, lo que aumentó la tensión entre los pobladores de la hacienda. Durante el mes de enero, dos hombres del regimiento de voluntarios de Arkansas desaparecieron en circunstancias desconocidas y parte de este regimiento fue atacado por una patrulla de la caballería mexicana en la hacienda de Encarnación, cerca de los límites con Zacatecas. La tensa espera previa a la batalla de la Angostura, se complicó el 9 de febrero con el descubrimiento de los restos del miliciano Samuel H. Colquitt por miembros del regimiento de voluntarios de Arkansas.

 Colquitt fue lazado por el cuello, arrastrado por un caballo y su cuerpo fue abandonado lejos del campamento de los norteamericanos. A la mañana siguiente, una partida de voluntarios de Arkansas cabalgó en busca de venganza y encontraron que varias familias de labradores desarmados de Aguanueva, se habían refugiado en las montañas cercanas. La represión por la muerte de Colquitt mediante el abuso de la fuerza de las armas, sobre el grupo de trabajadores del campo no se hizo esperar. Los asesinatos ocurrieron en un lugar llamado “Ojo de agua de Catana”, el número de víctimas inocentes que mencionaron los periódicos norteamericanos que daban seguimiento a los acontecimientos, fue variable. La “Masacre de Aguanueva” se convirtió en uno de los acontecimientos mejor documentados de violencia contra un grupo de civiles mexicanos desarmados, que no fue sancionado por los altos mandos del ejército norteamericano. Antes de la llegada de Santa Anna, Aguanueva fue incendiada para evitar que los escasos pobladores, que aún permanecían en la hacienda, proporcionaran alimentos al ejército mexicano.

Después de la batalla de la Angostura y la retirada del ejército mexicano, la población de los ranchos y haciendas continuó la guerra de guerrillas. El general Woll declaró que no daría cuartel a quienes los hostilizaran y que trataría a todos como ladrones de camino real. Ante la imposibilidad de enfrentar una fuerza militar formal, el gobernador de Coahuila José María Aguirre emitió un decreto para promover la formación de guerrillas que contarían con el respaldo económico de las autoridades para resistir la ocupación. El general Woll que ya había dado muestras de nula tolerancia cumplió su palabra. Algunos labradores que intentaron convertirse en guerrilleros murieron ahorcados por los norteamericanos, otros fueron muertos a balazos.  La guerra de guerrillas se prolongó durante los meses siguientes, tiempo suficiente para que las haciendas que integraban el latifundio quedaran en ruinas.

La derrota de México no únicamente sentenció la perdida de territorio, la masacre de civiles desarmados quedó en la impunidad y aunque la historiografía de la guerra la ha rescatado del olvido, Aguanueva nos recuerda que el asesinato de población civil es uno de los actos de mayor barbaridad e injusticia que suceden en todas las guerras.

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