La ruta de Hernán Cortés
por Íñigo Fernández Fernández
Historia y memoria interactúan para dar vida a los relatos que las sociedades construyen para explicar su pasado, si bien siempre a la luz de las inquietudes de su presente. Un ejemplo de ello tuvo lugar en el Porfiriato, cuando se quiso conciliar el pasado y el presente de uno de los episodios pretéritos que más polémica había levantado en el siglo XIX: la conquista de México-Tenochtitlan. Así, La ruta de Hernán Cortés, de los periodistas José Segarra y Joaquín Juliá (Madrid, Imprenta Alemana, 1910), devino en un testimonio de que en tiempos del gobiero del general Díaz, la conquista, el virreinato y el nacionalismo mexicano podían cohabitar.
En la segunda mitad del siglo XIX, y tras una historia de desenecuentros, hubo un acercamiento entre ambas naciones. Mientras que España buscaba el acercamiento con sus antiguos territorios americanos de una manera más cordial, que sería el origen del “hispanoamericanismo”, en México, la élite económica y política del Porfiriato desarrolló un sentimiento proespañol que concibió un discurso que señalaba al legado español como componente fundamental de la identidad mexicana.
En este contexto, el centenario de la Independencia nacional fue visto por mexicanos y españoles como la oportunidad de estrechar vínculos entre ambas naciones. No es de extrañar que la propuesta de Segarra y Juliá de recrear el recorrido seguidio por Cortés de Veracruz hasta México-Tenochtitlan y documentarlo en un libro, fuera bien recibida al interior de la Colonia española, que estuvo a cargo de financiarla.
El resultado final fue La ruta de Hernán Cortés, una obra de 260 páginas y 16 capítulos en cuyas páginas conviven elementos y textos prehispánicos, españoles y mexicanos. En ella, tanto Hernán Cortés, apenas mencionado, como la ruta que siguió con sus soldados fueron pretextos para redactar un texto que reconciliara el pasado y el presente con una idea que se hallaba implícita en sus páginas: evitar referirse a la conquista para enfatizar sus resultados positivos.
Los otrora virreinato y metrópolis eran ahora naciones “hermanas”. Esta palabra es una de las más utilizadas para referirse a una historia común que inició con la llegada de los españoles y que generó un vínculo cultural que parecería trascender el paso del tiempo. La Madre Patria había sufrido una metamorfosis por la que dejó de ser la nación dominadora y opresora de antaño para convertirse en otra fraterna y cercana a México.
Segarra y Juliá dejaron de manera implícita las condiciones que dieron origen a este “lazo de sangre”. Sin mencionar el mestizaje, se refirieron a él para establecer el origen de los mexicanos. Ante las disputas de que si éstos eran españoles o indígenas, su respuesta, afín a los intereses de Díaz, fue defender que eran la suma de ambos. El punto climático de esta postura se halla en el capítulo XVI, donde los periodistas vislumbraron entre las nubes cercanas al Popocatépetl el encuentro entre Cuauhtémoc y Hernán Cortés, ambos presentados como héroes y “hombres tipo de dos pueblos, creadores de un pueblo ilustre y fuerte”.
Aunque La Ruta de Hernán Cortés tuvo un escaso impacto en la opinión pública mexicana -se tiraron 110 ejemplares- si tuvo un carácter simbólico por el que la colonia española en México demostraba que habían quedado atrás las disputas por la cuestión de la emancipación de la nación y que se sumaba con gusto a la celebración de los primeros cien años de vida independiente de México.
