¿Es preferible hablar de Historia de la Guerra?

por Nicolás Llantén Quiroz

La guerra como actividad humana por excelencia, define su aparición no por una condición intrínseca de maldad, sino más bien por una necesidad de obtener algo que no podemos resolver por medios pacíficos. Involucra, por tanto, no solo acciones violentas en sí, sino que también se rodea de elementos que podemos definir en tres momentos, los cuales son: previos, durante y después del conflicto. Cada uno de estos puntos suma actores de diversos ámbitos y claves que subyacen una miríada de integrantes, en donde la sociedad civil, es decir, la población, es en la que repercute la mayor parte de las consecuencias. Hemos de exponer esta circunstancia, debido a que supuestamente, producto de esta noción de tomar a un elemento como la guerra desde la perspectiva semántica de lo “militar”, parece separar aspectos que nunca debieron de tomar caminos distintos.

Militar, como tal, surge desde el concepto del miles romano, aquel ciudadano en armas que tomaba su lugar en las legiones de la República, con el objetivo de hacer valer su condición cívica ante los comicios y la actividad política. Sin embargo, con la caída de Roma y el surgimiento del cristianismo, la vinculación entre la actividad militar y el ámbito civil tendió a separarse, en vista de que la actividad bélica se asoció más con una condición social y de poder nobiliaria que con un elemento puramente político.

Si bien la llegada de la Revolución Francesa y el nacionalismo trataron de reorientar el concepto hacia un sentido más cercano al original latino, la verdad es que la perspectiva de clase divisional tomó ribetes bastante más profundos. Si bien las tradiciones nacionales tomaron la carrera militar como una actividad profesional y académica, en muchos lugares dichos estudios también se vinculaban al pasado familiar del estudiante. El componente del “militarismo”, como tal, involucra más bien a dicha institucionalidad establecida por el Estado Nacional decimonónico, cuyo objetivo pretende, por una parte, hacer del guerrero un elemento de civilidad, un componente sacrificable en aras de la nación. Sin embargo, es también esa intención estatal de profesionalizar la guerra y monopolizar el ejercicio de la violencia, especialmente en lo que refiere al porte y uso del armamento. Recordemos que, tanto en la antigua Roma como en otros estados de la antigüedad, cada integrante de la polis debía contar con su propio equipo e ir a la lucha. Con el Estado Nacional dicha pertenencia se pierde, puesto que el uso del armamento queda condicionado a ciertos momentos, especialmente a los de mayor complejidad, esto es, “cuando la nación se encuentra en peligro”.

Esta visión trascendió de forma notable también al propio estudio de los conflictos y las guerras. Primero los británicos y luego los norteamericanos, definieron a su campo de acción como Military History, presentando su estudio como un símil entre las sociedades antiguas y su presente. Se entendía, entonces, que el estudio de las “instituciones militares” en diversas épocas, podría referir la línea de continuidad actual y, principalmente, exponer las razones del poderío y supremacía occidental frente a otras civilizaciones. Por ello la constante búsqueda de “claves” o características que permitieran explicar dicha postura política, especialmente en lo que refiere a la tecnología y la táctica, que se suponían elementos puramente militares. La irrupción de Keegan y su The face of  Battle en 1976 buscó voltear las tornas y pasar de las mesas del Estado Mayor al lodo de la trinchera. Sin embargo, la visión sobre la institucionalidad se mantenía y, por cierto, muchos de sus continuadores en la actualidad aun profitan de dicha perspectiva, dando a entender que lo necesario para ampliar y comprender la guerra y sus consecuencias, reviste meramente el análisis de la técnica y de la orgánica militar.

Quizá nuestro punto de partida sobre lo que es la guerra y la multiplicidad de acontecimientos que involucra, abran la puerta a las nuevas interpretaciones e investigaciones a trazar sobre el fenómeno, como una cadena de acciones y consecuencias que se pueden rastrear más allá del mero hecho de armas. Tal vez, por la misma razón, el primer texto académico sobre el estudio de las guerras, lo debemos al alemán Hans Delbrück, el cual se titulaba: Historia del arte de la guerra en el contexto de la historia política (cuyo título original en alemán es Geschichte der Kriegskunst im Rahmen der politischen Geschichte). Un texto publicado en 1900, que sólo por el título parece mucho más cercano y profundo al análisis que se debiese tener sobre el estudio de las guerras.

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