o el desacierto de la polarización
por Alberto Carlos Garcia Velasco
Tradicionalmente, el periodo de la Guerra de Reforma se ha distinguido por la rivalidad entre liberales y conservadores, otorgando a los liberales el carácter de ateos y por otro lado a los conservadores se les caracterizó como los “persignados” del periodo decimonónico. Estas categóricas cerradas que dividen a la sociedad política en dos bloques monolíticos, no están ni por lo cercano apegados a la realidad de una sociedad mexicana en nacimiento, que inició con la religión católica como la oficial del país y trayendo a cuestas una tradición de trescientos años de evangelización y culto enraizado en los diferentes grupos de la sociedad novohispana.
Si bien es cierto que los principios liberales buscaban una menor participación de la Iglesia dentro de la política y economía, fueron muy pocos los políticos liberales abiertamente ateos. Posiblemente el más recordado es Ignacio Ramírez, que pronunció su célebre discurso de ingreso a la Academia de San Juan de Letrán: No hay Dios, los seres de la naturaleza se sostiene por sí mismos y que viniendo de un joven de apenas diecinueve años sorprendió a lo más selecto de la intelectualidad decimonónica.
Pero aún el “Nigromante” tuvo una educación católica en el Colegio de San Gregorio y la gran mayoría de los letrados del siglo XIX provenían de la educación religiosa. Benito Juárez estudió en el seminario de Oaxaca y Sebastián Lerdo de tejada en el Colegio Palafoxiano de Puebla. Basta mencionar que, en el Colegio de Minería de la Ciudad de México, donde se estudiaba ingeniería y topografía, todavía en los años sesenta del siglo XIX los alumnos asistían a misa por la mañana y por la noche.
Para muchos de los jóvenes de la primera mitad del siglo XIX, la educación superior solo se podía cursar en los seminarios y que, por otro lado, eran instituciones de gran prestigio. Tomemos el caso del político y jurista sinaloense Eustaquio Buelna: Nacido en el seno de una familia de lo que denominaríamos hoy en día de clase “media alta” estudió en su pueblo natal las primeras letras y posteriormente, se trasladó a la capital del estado a estudiar en el seminario ubicado en Culiacán. Su grado de Abogado lo obtuvo en el Seminario de Guadalajara, ciudad donde se relacionó con otros jóvenes y se empapó del espíritu liberal de la época.
De regreso a Sinaloa participó en la política local y se integró a un grupo de liberales como Miguel Ramírez, el hermano del nigromante, Antonio Rosales, que también llegó a Sinaloa procedente de Guadalajara y otros más. Buelna impulsó las Leyes de Reforma en el estado y la educación laica, sin embargo, mantuvo relaciones amistosas con sus viejos conocidos del seminario donde uno de los profesores fue el joven José de Jesús María Uriarte y Pérez y que llegó a ser Obispo de Sonora con sede en Culiacán al mismo tiempo que Buelna ejercía el cargo de gobernador de Sinaloa.
Después de una accidentada puesta en práctica de la Constitución de 1861 en Sinaloa, el gobernador Plácido Vega había expulsado del estado al obispo Pedro José de Jesús Loza y Pardavé y al que sustituyó Uriarte después de su destierro. La cercanía entre Buelna y Uriarte fue cuestionada por los críticos del político en la prensa local y nacional, pues daban a entender que el obispo dictaba línea al gobernador en cuanto la implementación de las Leyes de Reforma y sobre la suspensión de la cátedra de derecho constitucional que se impartía en el Colegio Rosales, fundado por el mismo Buelna en esta misma época.
El caso de Eustaquio Buelna y su maestro el Obispo Uriarte muestra las complejas relaciones entre los personajes políticos de Sinaloa y ejemplifican las contradicciones de la política mexicana, se podía ser un político liberal cercano a los presidentes Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada y al mismo tiempo amigo del obispo de su estado, con todas las tensiones políticas que la religiosidad del gobernador y la propia amistad con el religioso podían acarrear. Y la normalidad de una amistad entre maestro y alumno. Así era la élite política sinaloense del siglo XIX, heterogénea y aparentemente contradictoria con una cultura política híbrida, heredera de las tradiciones del antiguo régimen y las ideas modernas.
La reflexión a la que nos lleva la relación de estos dos personajes es a la polarización. Los personajes políticos, como los ciudadanos de a pie, no somos necesariamente enemigos por tener visiones distintas en ciertos temas, seguramente habrá otros tantos en los que la coincidencia sea natural entre nosotros. La identificación de estos puntos de encuentro llevará a nuestra sociedad a un mejor futuro, menos ríspido en la discrepancia y más tolerante ante las diversas posiciones de los demás.
