Las ciudades y el cine se dieron forma mutuamente

Berlín: sinfonía de una gran ciudad (1927)

por Daniela Montellano Simón

La historia del cine y la de las ciudades corre de forma paralela. Desde los primeros registros de Louis Le Prince en el puente de Leeds, de los hermanos Skladanowsky en los tejados de Berlín y de los Lumiére en las fábricas y la estación Perrache en Lyon, las memorias urbanas empezaron a grabarse en las cintas de celulosa. La capacidad del cine de fijar la realidad en movimiento lo convirtió en el medio idóneo para dar cuenta de las vertiginosas dinámicas de la vida en la ciudad moderna y, de esta forma, contribuyó a la construcción de determinadas ideas de ciudad. Las ciudades y el cine se dieron forma mutuamente.

            En esta compleja relación, el fenómeno de las sinfonías urbanas (1920 y 1930) es un punto de inflexión para el protagonismo de las ciudades fílmicas. De carácter experimental e influidas por las corrientes vanguardistas, sus directores las presentaron como emblemas de lo moderno y explotaron las posibilidades del lenguaje cinematográfico para capturar sus dinámicas cotidianas, combinando imágenes documentales con pequeñas narraciones e integrando ritmos musicales al montaje visual, para construir imágenes poéticas y rítmicas de lo que significaba habitar una metrópoli.

      Como su nombre sugiere, su ensamblaje emulaba la estructura de una sinfonía musical. Sus cuadros eran tratados como notas, sus secuencias organizadas como acordes o melodías, sus escenas conformadas como movimientos o actos y las cuestiones del ritmo, del tempo y de la polifonía tenían una posición predominante en el montaje. En ellas, el registro documental y lo poético-vanguardista convivía, precisamente, para poder darle vida y otorgarle una serie de significados a las ciudades y, también, para convertir a las películas en piezas artística y narrativamente propositivas. El filme de Walter Ruttmann, Berlín: Sinfonía de una gran ciudad (1927), delineó los límites del género y, por ello, decidimos elegirlo como ejemplo para explicar la forma en la que las sinfonías construyeron a sus ciudades.

Ruttmann buscaba mostrar a la ciudad como un ser que estaba vivo (que se despertaba, se movía, comía, se distraía y se dormía) gracias al movimiento de sus engranajes mecánicos. La centralidad de la maquinaria es evidente desde la primera secuencia, en la que vemos un tren que avanza hacia Berlín; éste, metáfora del progreso y la comunicación, será uno de los elementos protagónicos de la cinta y marcará el comienzo de ese día cualquiera en la capital alemana. A él le seguirán las vistas aéreas de una ciudad todavía dormida y después los tranvías que, como las venas, permitirán que las células trabajadoras se movilicen en el cuerpo urbano. Una realidad cotidiana plagada de fábricas, de máquinas y de tráfico va apareciendo frente a nuestros ojos.

Los habitantes conforman una masa anónima cuya presencia se encuentra ligada al mundo operativo del trabajo fabril y doméstico. En esta ciudad, las individualidades se diluyen apareciendo sólo en forma de pequeños destellos en un pleito callejero, un discurso sindical y en los ojos de una mujer que se cae desde un puente al río.  La única protagonista de la cinta es la urbe y su dinamismo es el centro de atención de la obra.

Berlín cobra vida mediante la sucesión de complejos procesos mecánicos que aseguran el correcto funcionamiento del todo y que provocan la aceleración de la vida de sus habitantes. La urbe de las sinfonías es una máquina perfecta y su estudio nos permite aproximarnos a un momento puntual de la historia urbana y a un periodo en el que la experimentación técnica y narrativa del cine estaba adquiriendo una nueva profundidad. Este texto es una invitación para seguir explorando las posibilidades que ofrece analizar a las ciudades desde la mirada del cine.

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