(Parte I)
por Ludmila Scheinkman
En estas líneas quiero reflexionar, aunque de forma más bien experiencial, en torno a mi trayectoria en tanto historiadora, trabajando con autobiografías. Una trayectoria que es un poco accidental, medio casual, pero en estas líneas voy a tratar de darle un sentido. Y con darle sentido a mi historia con estos documentos, me estoy refiriendo a ese proceso autobiográfico de bio-grafiarse, a “la forma que dibuja la línea de la vida al desplegarse en el papel/tiempo (…) y la responsabilidad de que esa línea arme algo: una forma armónica, ordenada, coherente. (…) Un dibujo”, como decía Federico Falco en Los llanos, una de mis lecturas de verano.
Y espero en ese proceso y en esta digresión, poder esbozar algunas reflexiones útiles o al menos interesantes sobre 3 o 4 temas. En primer lugar, sobre la relación entre biografía, autobiografía y vida. En segundo lugar, sobre el proceso de darle sentido a lo que no lo tiene previamente -o lo tiene solo de forma parcial-, es decir al narrar, el contar una historia de sí, la mirada retrospectiva. En tercer lugar, me interesa pensar cómo los archivos nos sirven para iluminar esos procesos por los que las personas se cuentan a sí mismas y qué nos dicen esos procesos de auto-escritura o auto-narración. Finalmente, me pregunto por qué interesan las historias de vida de personas relativamente irrelevantes -como yo, o como las que investigo.
Me puse ambiciosa; no voy a dar cuenta de todo esto sobre lo que se han escrito chorros de tinta. Solo algunas reflexiones personales que surgen de mi propio periplo recolectando, ordenando, indizando y analizando autobiografías de trabajadoras y trabajadores en Argentina desde fines del siglo XIX.
Antes quiero aclarar que lo biográfico no está en el centro de mi reflexión o mis preocupaciones. Pero sí intento hacer historia social desde una perspectiva siempre muy atenta a tratar de darle entidad y recuperar -en la medida de lo posible, en sus caminos siempre mediados- las voces, nombres, agencias, voluntades, intereses, dudas, emociones y perspectivas de los sujetos de mis historias. Por supuesto, no pretendo con ingenuidad devolverle la voz a nadie, ni recuperar algo que no creo que exista de forma prístina en la realidad. Pero por ahí van mis intereses y mi voluntad de hacer una historia con personas de carne y hueso -aunque sean de papel-; una historia en la que esas personas aporten y sean parte explicativa de los relatos y argumentos. Y personas no solo “importantes” -en mi caso los importantes serían los obreros varones militantes sindicalizados, como el destacado anarquista Diego Abad de Santillán, dirigente de la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) y editor de su histórico periódico La Protesta– sino también otras y otros cuyo lugar en las narrativas históricas ha estado más ausente: mujeres, jóvenes, niñas, niños.

Así llegué a las autobiografías obreras. Buscando experiencias de trabajo infantil narradas en primera persona. Esto me presentó un montón de desafíos, los desafíos propios del género autobiográfico. Los desafíos de la memoria, la representación, la mirada retrospectiva. Y también los desafíos propios de los vínculos entre escritura y vida o entre escritura y “realidad”. Porque yo iba a esas autobiografías buscando una aproximación a esa “realidad” que fue el trabajo infantil en torno al 1900; una época en que la abrumadora mayoría -diría casi la totalidad- de los niños y niñas de familias obreras trabajaban desde muy temprano para aportar a las economías familiares. Tenemos muchos registros de esto -las fotografías son uno maravillo-, aunque pocos permitan entrever las voces y voluntades de esos niños.
Pero me encontré con un montón de problemas, porque muchos investigadores dicen que no hay verdad en las autobiografías, sino una ficción creativa por la cual las personas se inventan a sí mismas y a sus “yos”, como estoy haciendo ahora. Y que esto es todo lo que podemos analizar: cómo se cuentan a sí mismas las personas. Yo creo ahora que esto es muy relevante, pero que también en ese proceso de contarse, de darle sentido a la vida, las personas cuentan sus mundos y dicen cosas de ese mundo.
