(Parte II)
por Ludmila Scheinkman
En un texto clásico de los años 80 sobre la perspectiva biográfica, el sociólogo Daniel Bertaux sostenía que “resulta del máximo interés saber cómo cada uno y cada una se esfuerza en contar la historia de una serie de contingencias como historia de un desarrollo unitario. En describir una línea rota por fuerzas exteriores como un itinerario querido y elegido desde el interior. En comprender cómo los seres humanos hacen para construir una unidad de sentidos de la que su vida real ha sido desprovista”. Allí definía a estos sutiles mecanismos de “semantización” como “bricolajes personales” que utilizan elementos de sentido, o semas, tomados del universo sociosimbólico.
Pienso en la importancia de estudiar esos bricolajes personales, esos procesos por los cuales se arma una línea recta con una flecha, a partir de un montón de líneas rotas, pasos en falso, accidentes, casualidades o tropiezos. Pienso en lo que se incluye pero también lo que se excluye, lo que no abona a esa construcción de sentido. Y veo, en las autobiografías que estudio, cómo esos bricolajes son distintos para mujeres que para varones; para militantes, que para no militantes; para quienes emergieron de la clase obrera y tuvieron éxito en la vida, pero también para quienes miran su pasado desde un presente no tan exitoso, añorando mundos desaparecidos. Y veo allí, en esos procesos, cuestiones importantes para pensar lo que estoy estudiando.
Luis de Salvo narra su vida como una de tales líneas rectas culminadas en una flecha. Si su actuación infantil ya anticipaba al futuro rebelde, la madurez lo encontrará encausado en su trabajo y militancia en el gremio ferroviario y el Partido Comunista. “Ejemplar dirigente obrero”, continuó en la brecha hasta el final de sus días, pues permaneció activo tras retirarse del trabajo, abocado a la militancia en el movimiento de jubilados. Su autobiografía, que narra una historia de compromiso consecuente y sin fisuras, fue publicada a instancias de la colección Testimonios, impulsada por el Partido Comunista para difundir las vidas de sus militantes destacados pero entrados en años. Estas tenían una función ejemplar y pedagógica hacia los militantes más jóvenes.

Aunque cargadas de intencionalidad y sentido político, no creo que memorias como las de De Salvo sean relatos de pura invención o ficción. Y esto me vincula con esas otras dos cuestiones: la realidad -la vida- y el archivo. Porque las autobiografías, como toda fuente, deben cruzarse con otros documentos. El archivo personal, cuando existe, puede ser un reservorio de indicios de trayectorias truncas u omitidas -no esperemos encontrar coherencia-. Y es él mismo objeto de selección y recorte, como la propia escritura de la historia de vida. Si el archivo aporta indicios sobre lo que se dejó afuera y lo que se incluyó en esa autobiografía -las digresiones, la vida personal, los conflictos con la línea política del partido-, entonces puede constituir un aporte fundamental para mostrar la trama de ese bricolaje, las decisiones implicadas en la narración. Y esto no para marcar que la autobiografía sea “ficticia” -lo es tanto como cualquier otro documento escrito-, sino para entender cuál es el sentido con el que se construyó.
