Parte I
por Guadalupe Gómez-Aguado de Alba
Las sociedades de ayuda mutua o mutualistas se desarrollaron en Europa y en América Latina a lo largo del siglo XIX y fueron una respuesta al liberalismo individualista que predominó como proyecto político en las sociedades modernas. Frente a ello, las mutuales tuvieron, como su nombre lo indica, un contenido solidario, ya que todos los miembros debían aportar cuotas cuyo monto era el mismo para todos los socios y que servirían para apoyar a sus integrantes en caso de accidente o enfermedad. De manera que el mutualismo fue un apoyo para la población trabajadora de la emergente era industrial.
En el caso específico de México, a mediados del siglo XIX comenzaron a formarse sociedades de trabajadores y artesanos bajo los principios del socorro y la ayuda mutua. Dichas asociaciones fueron resultado de los cambios que se vivieron en el ámbito laboral a lo largo de las primeras décadas de vida independiente, ya que la clase trabajadora comenzó a buscar formas de apoyo frente a una situación de desprotección gubernamental y de liberalización del comercio y del trabajo. En la capital del país, por ejemplo, una de las primeras sociedades que se creó fue la Sociedad Artística (1848) que además de fomentar el perfeccionamiento de sus actividades y el alivio de la pobreza mediante la ayuda a los integrantes de la asociación, también se propuso participar en actividades filantrópicas como el auxilio a las víctimas de cólera en la Ciudad de México. En 1853 se fundaron la Sociedad de Socorros Mutuos del Arte de Sombrerería y la Sociedad del Ramo de Sastrería para Auxilios Mutuos con fines muy similares.
Los gobiernos liberales apoyaron la formación de mutuales porque se consideró que fomentaban la moralización y la práctica de valores republicanos y modernos. Las actividades de las asociaciones mutualistas incluyeron labores de socorro, educación y desarrollo del oficio, así como el impulso del patriotismo mediante la conmemoración de las fechas significativas en el calendario cívico, con el fin de fomentar el nacionalismo entre sus miembros.
A partir de la década de los setenta las mutuales crecieron en número y extensión territorial. Se llamaron indistintamente de “auxilios mutuos” o de “socorros mutuos” y tuvieron una orientación social, ya que buscaban proteger a trabajadores de ambos sexos y, como su nombre lo indica, brindar apoyo a quienes lo necesitaran. En esos años se fundaron numerosas asociaciones, tales como la “Sociedad del ramo de sastrería para auxilios mutuos”, la “Sociedad filarmónica de auxilio mutuo” y otras agrupaciones de trabajadores, muchas de ellas pertenecientes a la industria textil, aunque también hubo de impresores, de talabarteros, de zapateros y sombreros, por mencionar algunas. Las asociaciones voluntarias de individuos libres y jurídicamente iguales buscaron ayudar a sus miembros en caso de adversidad mediante el pago de cuotas con las que se formaban cajas de ahorros que servirían para auxiliar a los socios que tuvieran alguna enfermedad, o para hacerse cargo de los gastos funerarios. El asociacionismo que se extendió en las últimas décadas del siglo XIX, a la par que crecía en número y en actividades, nos habla de una búsqueda de apoyo y del ejercicio de la solidaridad entre las trabajadoras y los trabajadores.
En ese universo fue mucho más común el asociacionismo masculino, pero también las mujeres comenzaron a formar sociedades de ayuda mutua conforme su presencia social creció al igual que lo hicieron sus actividades laborales. Tal fue el caso de la sociedad “Luz y Constancia. Auxilios mutuos para señoras”, que se fundó en 1875, a instancias de la sociedad homónima de señores que se había fundado un año antes. En esos años también se instauraron otras mutuales femeninas en diversas regiones del país, como las zacatecanas “Sociedad Santa Cecilia” (1877), cuyos principios eran la filantropía, la igualdad y la justicia y “La Providencia” (1877), sucursal dependiente de la mutual masculina del mismo nombre. En la misma ciudad se fundó “El Ángel del Hogar” (1904), que trató de apoyar a las mujeres trabajadoras. En la Ciudad de México se fundó “La Buena Madre” (1883) y años más adelante la “Sociedad Mutualista de Mujeres” (1908), cuyo órgano informativo fue el periódico Fiat Lux. Hacia fines del régimen porfirista se fundaron diversas mutuales de orientación católica, como la “Sociedad de Obreras de Santa María de Guadalupe”, en Aguascalientes (1911), la “Sociedad de Obreras Católicas” (1911) de La Piedad y la “Sociedad de Obreras Católicas” (1909) de Guadalajara.
