por Daniel Guzmán Vázquez
En 2017 apareció una nueva edición en español de Combates por la historia (Akal). Tengo la impresión de que incluso antes, en su formato de bolsillo era ya un libro común en bibliotecas personales y librerías de viejo. Un “auténtico clásico” de los estudios históricos, podría decirse, pero ¿lo es en sentido contemporáneo?
En esta compilación de diversos artículos, —“elegidos entre otros tantos” como señala el propio Febvre—, se esperaría encontrar un antecedente de las prácticas actuales, una prefiguración de nuestro presente historiográfico (por más diverso que este sea). Sin embargo, entre sus páginas se dibuja un mundo extraño, el de un perfil disciplinario que podría causarnos sonrojos y risas. La historiografía busca hoy en los Anales su génesis, pero ante sus ojos se presenta la radiografía de una fractura.
Algo normal en nuestros días generó asombro a Febvre en 1933. A los profesores universitarios auxiliares no se les exigía la capacidad de criticar estadísticas (ni de elaborarlas, se entiende); o de conocer las contradicciones de las teorías económicas; ni de entender el funcionamiento y la evolución del derecho. Saber cómo opera una moneda, la bolsa de valores, un banco de depósito, una sentencia judicial, ¿podrían incluirse estas habilidades en la malla curricular sin provocar una rebelión desde la cátedra? ¿se aceptarían estos cambios desde la dinámica estudiantil tan avocada a sus aptitudes “textuarias”?
A propósito de esto último, en los Combates hay varias líneas de fuego. “La historia se hace con textos”, era la consigna en la época de los combates de Febvre, y contra ella cargó constantemente. Esta relación, aparentemente natural, del texto con la historia, supone que leer es recibir pasivamente los datos que ofrece el documento. Se saca de los documentos lo que directamente ofrecen. “Pereza espiritual”, le denominó Febvre. Y esta pereza tuvo un alcance antropológico que continúa en nuestro tiempo. Implica una práctica de la lectura, usos que la restringen, estilos de escritura asociados, gustos adquiridos, fenómenos de automatismo como los de copia y pega. Todavía hoy, hay quien acude a los expedientes, digamos por caso, judiciales, con la inocencia de extraer cierta verdad del pasado, sin reparar en las reglas internas de estos documentos, en su propio proceso, en lo que no dicen.

Este textualismo también tiene sus implicaciones sociológicas: poner el foco en el documento de archivo, enaltecer su unicidad, leerlo desde la oscuridad del edificio donde se resguarda, en solitario; sólo socializar estos datos cuando se impone un sello de autoría. ¡Fue Febvre quien imaginó los “laboratorios de historia”! Si la historia es la complejidad de un entramado geográfico, arqueológico, económico, jurídico, y mucho más, la forma historiográfica en algo tendría que ser similar, con observaciones transversales entre conocimientos generados socialmente en estos “laboratorios”. Lejos de eso, seguimos reivindicando nuestras parcelas, incluso en los libros colectivos.
Como propaganda que se lanza desde el aire, hay en Combates, varios manifiestos, llamados a ponerse en pie, a romper con la dinámica de estudio de textos, de explicación de textos, de escritura de textos. Esta forma disciplinaria es denunciada por sus efectos en el cuerpo: implica un trabajo sedentario, oficinesco, de papeleo; un trabajo que Febvre denuncia que se hace con las ventanas y las cortinas cerradas. Hace varias décadas ya que se ha extendido la historia cultural y su idilio con la antropología (reino del trabajo de campo), pero ¿impactó esto también en nuestro sedentarismo, en el automatismo de hacer historia sólo con y desde los textos?
Al cerrar el libro queda una extraña sensación ¿de qué habla Febvre? ¿cuál es esa “nueva historia” que no alcanzó a ser sustrato del suelo sobre el que caminamos?
