por Luis del Castillo Múzquiz
Actualmente, en 2024, existe en una colección particular de arte una pieza especial. Se trata de una pintura al óleo, anónima, pero es posible saber que data del siglo XVIII. Lo que se puede apreciar en ella es un escudo de armas; compuesto a su vez de varios cuerpos en los cuales hay pequeños escudos correspondientes cada uno a un apellido.
Al observar la pintura, al espectador le pueden surgir varias preguntas: ¿a quién pertenecía la obra? ¿Por qué fue pintado el escudo? ¿Dónde más fue reproducido ese escudo?
El poseedor original del cuadro y del escudo fue Servando Gómez de la Cortina, primer conde de la Cortina. Hace algunos años escribí un texto sobre él, que intitulé “Un camino hacia la cúspide. Semblanza biográfica del primer Conde de la Cortina (1741-1795)”, y fue publicado en la obra de Javier Sanchiz Ruiz y Amaya Garritz (Coords), Genealogía, heráldica y documentación, México, UNAM. IIH, 2014, pp. 781-812. Pero para efectos de este blog, a continuación, expondré de manera resumida los aspectos más importantes de su vida.
Este actor histórico vivió durante el llamado Siglo de las Luces, época de continuidad respecto a las tradiciones heredadas del Medioevo, pero también de una serie de ideas nuevas que rompían con algunas de dichas tradiciones. La vida de Servando engloba las contradicciones de su tiempo.
Nació en 1741, en una pequeña localidad llamada Cosgaya, en la comarca de Liébana, en la actual Comunidad Autónoma uniprovincial de Cantabria. Se trata de una región que tradicionalmente es conocida como La Montaña, y por ende a sus habitantes se les ha llamado montañeses.
Servando era el segundo hijo varón en una familia de hidalgos; es decir, pertenecía a la baja nobleza no titulada en el mundo hispano; lo cual era muy común en su región y por ende no resultaba especial, pero le sería muy útil fuera de ella. Por tradición y por derecho, su hermano mayor estaba destinado a heredar la mayor parte del caudal familiar, por lo que tendría que emigrar para labrar su propio futuro y fortuna.
Una situación muy similar había vivido su tío José, hermano menor de su padre, quien se había asentado en Cádiz y estaba vinculado con la Carrera de Indias. Tras acoger a Servando, ambos viajaron a Nueva España, y se establecieron en la ciudad de México, donde serían recibidos por otro pariente y paisano: el almacenero Alejandro Rodríguez de Cosgaya, quien antes de fallecer los favoreció en su testamento.
La fortuna heredada y el éxito en los negocios le permitieron a Servando realizar diferentes préstamos y donativos a la Corona, siempre necesitada de dinero. Estos servicios pecuniarios, aunados al estatus logrado tras veintisiete años, serían tomados en cuenta por los colabores del Carlos III, quien, de acuerdo con las nuevas políticas respecto a la nobleza determinó lo siguiente:
Por tanto es mi voluntad que vos el nominado don Servando Gómez de la Cortina y los referidos vuestros hijos, herederos y sucesores, respectivamente, cada uno en su tiempo, perpetuamente, para siempre jamás, os podáis llamar e intitular, llaméis e intituléis, llamen e intitulen y os hago e intitulo Conde de la Cortina.
El cuadro decoraba la sala de estrado de su casa-palacio en México. El escudo significaba para él el logro obtenido para sí mismo y sus familiares; por lo que aparece también en un retrato del conde de la misma época, que se encuentra en el castillo de Chapultepec, así como en algunas de las propiedades de su familia en Liébana, Cantabria. Incluso, existen también dos platos, dentro de otras colecciones particulares, que pertenecieron a una vajilla de porcelana de Compañía de Indias.
