Y… con los otros… ¿qué hacemos? (Parte I)

La extranjerización durante la revolución rioplatense (1810-1820)

por Marcela Viviana Tejerina

Hacia fines del siglo pasado, el filósofo Jacques Derrida reflexionaba sobre la propuesta de su colega, Emmanuel Lévinas, en torno del pensamiento del otro. Observaba que, ya por esos tiempos, la palabra otro; tanto, así, como las frases respeto del otro, apertura al otro, entre tantas, empezaban a perder el sentido, en tanto el uso moralizante de la palabra otro se realizaba en forma casi mecánica. Esta es una afirmación que hasta hoy podría resultar vigente, así como los usos políticos de los cuales el vocablo sigue siendo objeto.

Por consiguiente, en la actualidad, la reflexión sobre la condición de ser otro en la Historia tiene tanta relevancia, así como la operatoria de poder que le otorga sentido. Una condición de ser otro que – de acuerdo al historiador Ricardo Nava Murcia-, en su irreducible alteridad motiva al estudioso a restituirle su voz a través de los archivos.

De allí, nuestra propuesta de rastrear los últimos aportes que se han realizado en torno del proceso de configuración de alteridades en el temprano siglo XIX rioplatense. Y lo pensamos en su dimensión política, es decir, analizando la dinámica que se establece en la conformación de un nosotros frente a los otros, desde una perspectiva relacional, temporal y concebida como acto de poder.

Al centrarnos en el temprano siglo XIX rioplatense, nos hacemos eco de la fuerte reconfiguración en la relación entre los grupos propia de la época de crisis monárquica y posteriores procesos revolucionarios e independentistas. En este escenario, la metamorfosis de valores, prácticas y relaciones, conllevó necesariamente la definición y redefinición de lo propio y de lo ajeno; de las nociones de amigo y enemigo; de la consideración del igual y del diferente.

En todo proceso de construcción de una identidad colectiva, señala el historiador español Tomás Pérez Vejo, la invención del otro es uno de los ingredientes principales. Y, en el caso de las naciones surgidas de la disgregación de un orden imperial, no resulta un dato menor que ese otro estuviera constituido por la antigua metrópoli. El hecho de que los mismos que llevaron adelante las independencias fueran los descendientes biológicos y culturales de esos mismos otros a los que se oponían – señala el autor-, constituye un espinoso problema que resulta imperioso resolver.

En la misma línea, el historiador argentino, José Carlos Chiaramonte, ha observado que el análisis del proceso de afirmación de la identidad americana en el Río de la Plata tardo colonial debe partir de la idea de que toda identidad remite a una oposición y que el modo en que ella opera resulta insoslayable. Hacia fines del virreinato se era español frente al resto del mundo, español americano frente al español peninsular, rioplatense frente a lo peruano, provinciano frente a lo capitalino, porteño frente a lo cordobés. Aun cuando el español americano se asumía también como una forma de integración en lo hispano, esta denominación se configuraba en oposición a lo español. Es, sin duda, por esta razón, señala el historiador argentino, que el proceso de alterización de los españoles peninsulares durante la etapa revolucionaria ha sido un tema que ha concitado la atención de los historiadores y aún lo continúa haciendo.

De este modo, se mostró que el proceso se inició con la transformación de los europeos en enemigos de la patria; en principio, bajo la sospecha de contrarrevolucionarios y más adelante, en el marco de las guerras por la independencia. En gran medida, los españoles americanos reaccionaron frente a los españoles peninsulares, en un proceso de “contra-estigmatización”. Siguiendo al sociólogo Norbert Elias, ello solo era posible en tanto los españoles ya no fueran capaces de preservar el monopolio de los principales recursos de poder y de excluir a otros grupos interdependientes. La historiadora argentina, Carmen Cantera, ha comprobado, entonces, que, en tales ocasiones, proliferaban las ficciones contrarrevolucionarias que, en gran medida, podían constituir, el emergente de las disputas locales y de los reposicionamientos políticos generados por el contexto bélico.

En este escenario –señala la historiadora-, serían cada vez más denostados, desde un discurso periodístico que los tildarían de mandones, tiranos, bárbaros o extranjeros, entre otros calificativos. Tal operatoria estigmatizante, no solo se manifestaría en el plano discursivo, sino que se desplazaría a otros ámbitos, como el jurídico político, mediante un proceso de extranjerización diferencial que, en los términos planteados en la asamblea del año XIII, y en oposición al ciudadano, alcanzaría a todos aquellos que no manifestaran en forma explícita su adhesión a la revolución.

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