por Guadalupe C. Gómez-Aguado de Alba
En el México decimonónico se consideró que era viejo o vieja quien ya no tenía fuerza para seguir realizando actividades productivas o quien necesitaba cuidados por el deterioro debido a la edad. Si bien los 60 años se consideraron el umbral de la vejez, en la época preindustrial el proceso de envejecimiento fue prematuro si se compara con la sociedad contemporánea. En el caso de las mujeres era aún más notorio por las penalidades del parto y la cantidad de hijos que se tenían, lo que acentuaba su deterioro físico. De modo que mientras en un hombre la plenitud vital era entre los 35 y los 40 años, en el mundo moderno se pensó que a esa edad las mujeres ya eran viejas.
Para conocer algunos estereotipos e ideas asociadas a esa etapa vital hemos recurrido a las fuentes literarias, ya que el rastro de las mujeres mayores en los documentos es casi inexistente. En dichos textos las mujeres consideradas viejas fueron blanco de burlas y se les estigmatizó por su edad y apariencia. Por ejemplo, Juan Bautista Morales se refirió a las mujeres solteras de entre 35 y 40 años como “cotorrronas” que buscaban desesperadamente un joven incauto que se hiciera cargo de ellas. Él mismo se decía víctima de una “maldita vieja” de 38 años que lo había hecho avejentarse “antes de tiempo”. En ese mismo tenor, en El Liceo Mexicano se refirieron a los horrores de estar con una mujer mayor que hablaba de sucesos ocurridos cuarenta años atrás. Un joven sólo debía buscara a una “vieja” semejante cuando necesitara saber alguna noticia histórica o cuando quisiera “contemplar un momento un esqueleto, cuando quisiera meditar en la muerte”.
En Los mexicanos pintados por sí mismos “La casera” fue descrita como una mujer que había brillado en su juventud, pero una vez viuda, había pasado “a una vida más precaria, visitando con frecuencia unas veces el Monte de Piedad y otras la comisaría” para obtener lo necesario para vivir. La anciana de cincuenta años debía trabajar para poder mantenerse, ya que no tenía a nadie que se hiciera cargo de ella. En Memorias sobre el matrimonio Manuel Payno se refirió a las mujeres mayores en el tono despectivo que usaron muchos de sus contemporáneos. Criticó los pies que habían perdido su belleza debido al descuido por el uso de las “infames chanclas” que ocasionaban callos y juanetes, esas “fatales enfermedades cuyo aspecto choca a la vista, cuyo nombre disuena al oído, y cuyas molestias deben exclusivamente sufrir las viejas en castigo de lo perjudicial que es en el mundo su existencia”.

En su Musa callejera Guillermo Prieto dedicó un poema a las mujeres mayores, y entre los muchos adjetivos que les brindó, las comparó con moscas negras en un postre, como la sobra de las fiestas, como las que esparcían la tristeza en donde estuvieran, como un dolor de muelas, una plaga, mujeres que comían “como ballenas”, gruñonas, regañonas, chismosas, en suma, como un “martirio”. La imagen negativa sobre la vejez femenina no cambió mucho a lo largo del siglo XIX y las mujeres mayores fueron descritas como molestas, metiches, sujetas a las burlas y el desprecio de quienes no veían en ellas sino seres que no tenían nada bueno qué hacer en una sociedad que privilegiaba la juventud y la belleza.
Con estos breves ejemplos podemos concluir que las mujeres mayores no fueron una presencia bienvenida en la literatura, que las estigmatizó y las hizo objeto de burlas y sarcasmos, ni tampoco se analizó el significado de la senectud en una sociedad en la que muy pocos tuvieron la oportunidad de alcanzar edades avanzadas. Quizá por ello, la mirada sobre el natural proceso de envejecimiento fue poco amable y más bien constituyó un estigma del que no pudieron librarse quienes tuvieron la suerte de envejecer en esos años.

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