por Héctor Strobel
El 6 de agosto de 1846, la guarnición de la ciudad de México derrocó al gobierno centralista de Mariano Paredes y Arrillaga para colocar a Santa Anna en el poder. La clave del éxito de los militares, sin embargo, se debió a su alianza con los federalistas radicales de Valentín Gómez Farías, que movilizaron a decenas de vecinos armados de los barrios de la ciudad de México. Tras la victoria, estos ciudadanos no quisieron deponer las armas y presionaron al nuevo gobierno provisional para que los reconociera oficialmente como una milicia.
Así, por decreto del 11 de septiembre de 1846, nació la guardia nacional, cuya formación se expandió a todo el país y se obligó a buena parte de la población masculina a enlistarse. Su nombre evocaba a la guardia nacional que se creó durante la revolución francesa y era símbolo internacional del republicanismo, de la ciudadanía en armas y de la defensa nacional, que justamente en ese momento era amenazada por Estados Unidos. Aunque la guardia nacional sirvió como refuerzo para el ejército mexicano y prestó servicios importantes en las campañas de 1847, no bastó con ella para ganar la guerra.
Más que un refuerzo contra los estadunidenses, la guardia nacional nació como un mecanismo para defender las conquistas políticas de los federalistas tras la caída del centralismo. No obstante, en la práctica, cada batallón actuó según la ideología y los intereses de sus integrantes. En la ciudad de México, por ejemplo, algunas unidades se vincularon al moderantismo y en febrero de 1847 participaron en la famosa rebelión de los polkos. En otras regiones de arraigo conservador, se organizaron cuerpos interesados en la defensa del clero y de las corporaciones.
Para los sectores acomodados de la sociedad, pertenecer a la guardia nacional se convirtió en un símbolo de estatus. Muchos jóvenes disfrutaban de lucir el uniforme y participar en desfiles, al tiempo que las asambleas y entrenamientos semanales se transformaron en espacios de socialización. La influencia de la guardia nacional llegó incluso a la música: el compositor Agustín Balderas le dedicó un vals, al que llamó El guardia nacional; la partitura, que se vendía en el portal del Águila de Oro, llevaba el grabado de un soldado de la guardia con un lujoso uniforme.
Independientemente del prestigio que la guardia nacional ofrecía a algunos sectores, el común de la población rehuyó el servicio militar para no descuidar sus intereses ni ser obligada a ir a la guerra. Sin embargo, el gobierno necesitaba movilizar tropas a bajo costo: los campesinos e indígenas, que no podían esquivar el reclutamiento con la misma facilidad que los más privilegiados, fueron integrados masivamente a través de la conscripción forzada. Durante la guerra de Reforma y la intervención francesa, los liberales recurrieron a ellos como una fuente inagotable de soldados, pese a que promovían la idea de que la guardia nacional era un ejército de ciudadanos que defendía la libertad y el sistema republicano.
A finales de la década de 1870, la guardia nacional tenía cerca de 70 000 soldados, más del triple que el ejército permanente. En la práctica, sin embargo, muchas de estas unidades funcionaban como ejércitos privados al servicio de los gobernadores y de los líderes regionales, por lo que Porfirio Díaz, en un afán centralizador, ordenó suprimir esta institución en 1880. No fue un proceso inmediato: debido a la resistencia en los estados, la guardia nacional no desapareció completamente hasta 1893.

