El último amor del general José de San Martín

El camino recorrido por su nieta Josefa

por Ana Mónica Gonzalez Fasani

París. Esa noche del 13 de diciembre de 1832 estaba helando; las calles, casi vacías debido al viento y la nieve que comenzaba a acumularse. Sin embargo, en Chez Grignon, el restaurante de moda de la burguesía parisina, el ambiente era cálido y alegre. Se celebraba la boda de Mercedes Tomasa de San Martín y Escalada con Mariano Severo Balcarce. Muchos amigos se habían congregado para acompañar a la flamante pareja.

Cuando llegaron a Francia, San Martín, su hija y su fiel criado Eusebio Soto vivieron en París. Al estallar la epidemia de cólera en 1830, estimaron conveniente tomar distancia y se establecieron en Montmorency, un pueblito de 1.600 habitantes, a veinte kilómetros al norte de París. En ese momento, quien se ocupó de los asuntos y cuidados de los San Martín fue un joven médico, hijo del general Antonio González Balcarce, que se desempeñaba en la legación argentina en París. Sobre él escribiría don José a su amigo O’Higgins: “Su juiciosidad no guarda proporción con su edad de 24 años; amable, instruido, aplicado, ha sabido hacerse amar y respetar de cuantos lo han tratado”. Entre cuidados y atenciones, nació el amor. Mariano y Mercedes se casaron y se embarcaron hacia Buenos Aires.

Aguardando el regreso de la joven pareja, el general San Martín adquirió una casa de campo de tres plantas en un terreno de una hectárea en Gran Bourg, a treinta kilómetros de París. Allí solía pasar desde Semana Santa hasta el Día de los Fieles Difuntos.

En 1836, volvieron Mercedes y Mariano con una pequeña hija, María Mercedes, y el 14 de julio de ese mismo año nació Josefa Dominga. Su primer nombre fue en honor a su abuelo materno; el segundo, por su abuela paterna. En la familia le decían Pepita.

Desde el primer minuto, abuelo y nieta tuvieron un vínculo especial. Fue San Martín quien personalmente la inscribió en el registro civil de Évry-sur-Seine y quien la dejaba jugar con las medallas ganadas en la época en que combatía a Napoleón en las filas del ejército español.

La revolución que estalló en 1848, que provocó la renuncia del rey Luis Felipe I y dio paso a la Segunda República, convenció a San Martín de retirarse a un lugar más tranquilo. Fue así como llegaron a Boulogne-sur-Mer y alquilaron el segundo piso de la propiedad de Henry Gerard, abogado, periodista y bibliotecario del pueblo. En esa casa murió el Libertador el 17 de agosto de 1850.

Cuatro años más tarde, Mariano Balcarce adquirió, en un poblado denominado Brunoy, a veinte kilómetros de París, una mansión que había pertenecido, entre otros, al conde de Provenza, hermano de Luis XVI y futuro rey Luis XVIII, y se trasladó allí con su familia.

En 1861 (el mismo año que falleció su hermana) Pepita se casó con Eduardo María de los Dolores Gutiérrez de Estrada y Gómez de la Cortina, embajador de México en Francia, con quien no tendría hijos.

Una cálida primavera de 1880 Josefa y su marido despidieron en El Havre al vapor Villarino que traería los restos del Libertador a Buenos Aires. Josefa resolvió entonces donar la valiosa correspondencia de su abuelo a Bartolomé Mitre y cedió el mobiliario que le había pertenecido al Museo Histórico Nacional, junto con un croquis en el que detallaba la disposición de los muebles de la habitación donde había fallecido.

Al enviudar en 1904 su generosidad la llevó a crear la “Fundación Balcarce y Gutiérrez de Estrada” y a modificar el Petit Château donde vivía para adaptarlo como hogar de ancianos y centro asistencial para los más necesitados. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, transformó nuevamente su casa en un moderno hospital de 50 camas, con dos quirófanos, laboratorio y radiología. La asistieron en esta tarea las hermanas de la Congregación de la Sagesse; ella trabajaba a la par de todos. Por la proximidad con el frente de batalla, atendían tanto a heridos franceses como alemanes.

Cuando la guerra terminó, recibió del gobierno francés la condecoración de la Legión de Honor y, además, fue distinguida por la Cruz Roja. Se había ganado la admiración de los soldados que habían sido atendidos en el hospital, que volvió a ser asilo de ancianos. En su testamento, lo cedió a la Sociedad Filantrópica de París

Francesa, de padres rioplatenses, a pesar de que nunca conocería Argentina, se refería a ella, y en español, como “nuestro amado país”. Americano, de padres españoles, la vinculación de San Martín con Francia fue tan estrecha que en una memorable oportunidad llegó a decir: «las simpatías de mi corazón se hallan divididas entre mi país natal y la Francia mi segunda patria». 

Un 25 de mayo de 1960, en el parque Montsouris se levantó una estatua ecuestre en cuya base puede leerse: “José de San Martín. 1778-1850. Libertador de Argentina, Chile y Perú. Homenaje permanente al virtuoso patriota argentino y sudamericano que vivió largos años en Francia y murió en Boulogne-sur-mer”. Por su parte, Josefa Balcarce, quien falleció a los 87 años, es reconocida en Francia como heroína nacional y una calle en Brunoy lleva el nombre de esta ciudadana ilustre.

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