A propósito de Teuchitlán: Antígona González, de Sara Uribe

por Kenia Aubry

No hay más ciego y sordo que quien ignora a la literatura. Los horrorismos hallados en los objetos personales, en las huellas de la tortura y la muerte en el rancho Izaguirre, en Teuchitlán, Jalisco, en México, avivan el dolor de la pérdida de cientos de familias mexicanas y, posiblemente, centroamericanas. Este espacio de la ignominia parece una vuelta a otro escándalo de la repetición, un clamor momentáneo que, con el paso de los días, de acuerdo con el sentido que Milan Kundera otorga a la frase, quedará anulado por el escándalo del olvido.

La bestialidad de Teuchitlán, puesta a la luz pública por las buscadoras y los buscadores, se suma a las tragedias de los civiles asesinados en Tlatlaya, Estado de México, y a la de los normalistas de Ayotzinapa desaparecidos en Iguala, Guerrero, México, por nombrar las más recientes, sin olvidar los cientos de fosas clandestinas repartidas a lo ancho del territorio. De modo que la elocuente pregunta que Juan Rulfo puso en obra a través de los personajes de “Luvina” viene a cuento una vez más: “¿Qué país es éste, Agripina?”  

El hallazgo de los espacios para el suplicio y la aniquilación se encuentran, desde el 2012, en Antígona González, de Sara Uribe. Esta necroescritura ‒textos que, como los define Cristina Rivera Garza, nacen, y urgen, en un contexto de extrema violencia‒ no describe un campo específico, pero sí manifiesta ‒como lo vemos en los reportajes de la tragedia del rancho Izaguirre‒ la experiencia de la desaparición forzada: describe a los cuerpos, detalla los sentimientos de angustia de quienes buscan a los suyos y, desde luego, descree de las instituciones del Estado. Las especulaciones escriturales de Antígona González, como el organismo vivo que es la literatura, saltan de la página en cada fosa encontrada y en cada centro de reclutamiento y de exterminio:

De cualquier forma, si por un milagro te hubieras salvado, ya habrías conseguido que te pegaran un tiro, Tadeo. Tú no ibas a servirles para esas cosas de andar matando gente.

Dicen que para eso es que los quieren ¿no? Para reclutarlos por la fuerza en sus huestes. Para usarlos como escudos.

Tadeo es el hermano de Antígona González, la voz prioritaria de esta escritura colindante que es poesía, narrativa, ensayo y testimonio; es también una escritura que reúne un conjunto de voces para referir la experiencia de las atrocidades. La Antígona de la Antigüedad clásica, la que enterró a su hermano Polinice desafiando a Creonte, rey de Tebas, se multiplica en las Antígonas mexicanas para hallar el cuerpo de sus familiares o el cuerpo de los otros:

Soy Sandra Muñoz, vivo en Tampico, Tamaulipas y quiero saber dónde están los cuerpos que faltan. Que pare ya el extravío.

Quiero el descanso de los que buscan y el de los que no han sido encontrados.

Quiero nombrar las voces de las historias que ocurren aquí.

La Antígona de Sófocles tiene una ventaja sobre las buscadoras mexicanas: tiene el cuerpo de Polinice y puede enterrarlo; las exploradoras que rastrean por el territorio nacional no tienen cuerpo, su duelo se extiende en el tiempo, es un desconsuelo que existe y no existe, las voces del libro de Uribe lo señalan de este modo: “[Siempre querré enterrar a Tadeo. Aunque nazca mil veces y él muera mil veces.] O de este otro:

Ellos dicen que sin cuerpo no hay delito. Yo les digo que sin cuerpo no hay remanso, no hay paz posible para este corazón.

Para ninguno.

La literatura ya no está encerrada entre sus páginas. Bien lo dice Rivera Garza: cada vez tiene menos sentido separar la ficción de la no ficción; ahora la literatura salta de la página, se inmiscuye en el espacio público para producir presente, es decir, son escrituras colectivas no sólo por las múltiples huellas existenciales que la contienen, sino para involucrar a los lectores en los problemas nacionales de la actualidad, como lo hace Uribe con esta pregunta: “¿Me ayudarás a levantar el cadáver?

En la escritura de Antígona González está la tragedia de Teuchitlán y las que (no quisiera decirlo) seguirán apareciendo. La literatura es un oráculo. Sin restar importancia a la congoja que producen los eventos de Teuchitlán y sin restar méritos a la narrativa periodística que, por su naturaleza discursiva, abandonará el tema ante el surgimiento de un nuevo campo de la ignominia, Antígona González produce historia presente y mantiene al lector en un presente continuo: el horror de lo leído, aunque hermosamente escrito, se instala en la memoria y duele siempre.

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