Cacao y plata: usos económicos y políticos en el Yucatán de entre siglos(XVIII-XIX)

por Ricardo Fernández Castillo

Es conocida la proyección internacional de la plata novohispana. Las monedas con el grabado heráldico del escudo de Castilla y desde 1772 con la efigie del rey en turno, circularon en los virreinatos americanos, Estados Unidos, Europa, India y China. La Real Casa de moneda de México era recipiendaria de una fama similar, aunque su carácter monopólico en un territorio tan extenso podía añadir dificultades a un virreinato que acusaba constantemente la escasez de moneda.

Al respecto, había diferencias regionales notables, pero cuya simbiosis daba cuerpo a una de las unidades monetarias y globales más formidables de la historia: el sistema monetario castellano. El sureste de la Nueva España y la intendencia de Mérida eran parte de esa argamasa monetaria. Una provincia sin minería y casas de moneda, pero con manejos tácticos de la plata que arribaba. Situados militares, transferencias eclesiásticas y depósitos privados permitían a la población en Yucatán el empleo de monedas de oro y plata. Mas no pensemos que los pueblos de indios accedían directamente a esas piezas.

Moneda de efigie regia o de “busto real”, 1772- 1821. Fuente: El dato numismático, Pablo Luna Herrera, consultado el 16 de mayo de 2025

Podemos considerar que el presidio del Carmen, Campeche y Mérida bombeaban moneda de plata gracias a la llegada del situado para el salario y abastecimiento militar, pero ¿cuánta moneda se quedaba en el campo yucateco? Las compras de maíz y alimentos permitían a los pueblos y haciendas participar en la circulación de plata. Hasta aquí, pareciera que la propia política virreinal lograba dotar de moneda a todos sus habitantes, pero como Fernand Braudel explicó en La dinámica del capitalismo, no podemos esperar que la economía de mercado avance en términos justos para sus partícipes. Las haciendas y propiedades agrarias de apellidos poderosos en la región obtenían tratos preferenciales. Así, los Quintana, Quijano, Peón y Dondé protagonizaban la producción de maíz y carne, conservando un margen de ventaja en el comercio y el acceso a la moneda.

Por supuesto, en una economía estrechamente ligada a los ciclos agrícolas, la llegada de un huracán, plagas o sequías podían cambiar súbitamente las reglas del juego. En años sin calamidades, mientras las milpas se sembraban en mayo para anticiparse a las lluvias y las cosechas se realizaban de octubre a enero, la moneda recirculaba vía compra de alimentos o salarios. Cuando las cosas iban mal, la moneda corría con mayor lentitud. No por ello la economía se detenía, seudomonedas como las fichas de cobre, el cuero, madera y el cacao abarrotaban la compraventa. El cacao, particularmente valioso en ciudades y pueblos de Yucatán, fraccionaba la plata y permitía dar el “vuelto”, con las respectivas prácticas compulsivas de dar menos cambio por parte de algunos comerciantes.  Lo anterior sin olvidar que la corona española cambiaba desde Madrid los tipos legales de acuñación de oro y plata, con la correspondiente detección sutil por parte de la población. ¡Rebajas de contenido de plata, sin la modificación en su valor nominal! En efecto, las devaluaciones distan de ser prácticas contemporáneas. Frente a esto, se formaban remanentes de distintas monedas en las regiones porque los tenedores sabían que la moneda antigua, a pesar de ser tosca por el desgaste, contenía mayor plata. Esas prácticas provocaban que en Yucatán y en otras provincias de la Nueva España hubiera cualquier cosa menos homogeneidad monetaria. Entonces, ¿todas las transacciones se hacían con moneda y seudomonedas? Había mecanismos de compensación entre grandes comerciantes, papeles financieros y trueque, pero eso alentará una futura intervención en este magnífico blog.

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